
Las brujas solían robar el alma de los desprotegidos. Tenian mil hechizos para lograrlo. Solo con mirarte a los ojos ¡pum! estabas perdido. Ellas no parecían malas. Si las veías en la calle, eran dulces e inofensivas jovencitas. Indefensas como una mariposa, se vestían con retazos de arcoiris y adornaban sus cabellos con flores de mediodía. Y sus sonrisas de ángel engañaban a todo mundo. Pero ellas ya tenían a su victima escogida. Nada más les interesaba. Además, no se arriesgaban para atraparte. Tu solo caías.
Realmente no hay salvación. Todo lo que en casa contaban para prevenirte, asustarte y protegerte contra la maldad que allá afuera acechaba de nada valía cuando con ellas te encontrabas. Y es que estúpidas no eran. Ellas sabían todo lo que la gente decía de ellas mismas. No iban a robarte de modo que tu te dieras cuanta. Tendrías que rogar ¡tu! para que lo hicieran. Ellas robaban tu alma, arrancaban tu corazón y chorreando sangre lo guardaban en su guaje embrujado. Estabas perdido muerto arrebatado fallecido. No había salvación para ti. Porque ellas prendían el vuelo alejándose a regiones desconocidas en busca de más victimas. Ya tenían tu corazón. Ya no les interesabas. Te dejaban vagando hecho realmente un imbécil, sin calor en las venas, un retrasado mental sin brillo en los ojos.