Estaba amaneciendo. Dormité toda la noche con la música de la fiesta en mis oídos. Las luces parpadearon todo el tiempo.
Alguien se dejo encendida la radio y en la penumbra, casi inaudible, la música vieja de aquella estación se quedo grabada permanentemente en mi cabeza.
Han pasado cerca de 30 años y aquí sigue.
Estoy frente al monitor y es la una de la mañana, escucho una vieja canción mexicana y recuerdo.
Recuerdo que estaba amaneciendo.
Vamos a ver: la rueda de la fortuna te lleva hacia arriba, luego te lleva hacia abajo. Soñabas que paseabas en una feria donde había comida y gente y luces y musica y caminabas entre los carruseles mirándolo todo con tus ojos nuevos brillantes y sorprendidos y recuerdas que el cielo estrellado tenia coloridas luces que explotaban como infinitas piedras preciosas ¡cristales iluminados que se desvanecían al caer! Y jugabas con los peces de colores en el estaque festivo y llenaste tus bolsas con recompensas (te volvías cada vez mas ambicioso) (porque dijiste en voz alta que no querías que todo aquello se terminara). Creíste que soñabas cuando llegaste frente a esa infinita rueda de la fortuna. Iluminados sus discos. Con asientos coloridos. Compartimientos secretos. Y música.
En lejanía el castillo explotaba. Mas piedras preciosas. Amarillas, rojas, esmeraldas, violetas, blancas ¡estrellas veloces!
Fue solo subir para arrepentirte. Aullaste quiero bajar. Pero aquel monstruo comenzó a estrujarte. Giraba. Te asfixiaba. Aterrado, volviste a aullar ¡quiero bajar!
Y la fiesta, allá abajo, seguía, mientras tu visión se transformaba y el cielo explotando te alcanzaba, si, cuando la rueda de la fortuna te depositaba en aquel maldito cenit demente de una horrible noche imposible.

Noche