Jadeante, sudoroso, tembloroso, sin respiración, cuando por fin se detuvo, el mundo se le echo encima. El mundo: el planeta. El mundo formado de sillas y casonas de tapias viejas. Se le echo encima y lo hizo mierda. Asfixiándole, enterrándole, deshaciéndole, triturándole, convenciéndole y azotándole. Por puto enfadoso le decían, por puto enfadoso repetían. Por puto enfadoso.
Luego amaneció.

O puede ser una voz que rebota entre las cuartillas. Sus cotilleos, entonces, deberían dejar un eco, en cada letra, en el espacio en blanco, en las cursivas y en los acentos. Se reflejará en los cristalinos de quien eche un vistazo en sus abismos. Será entonces la niña desnuda que con un lucero-estrella en la diestra, absorta, mira el mundo que le rodea.
O tal vez no sea nada. Todo esta trastocado se dice. Aparecer y desaparecer no tiene sentido para ella. La princesa no existe y su historia carboniza a la niña desnuda.
