…
Tengo miedo
Los dedos paralizados
Serpientes
Una vez vi debajo de TUS faldas
Era de mañana
(******)
No hay remedio
No tengo puta idea
…
Antes

En un tiempo muy remoto, cuando los dioses vivían entre los hombres y los hombres podían aspirar a ser inmortales, el bosque era casa y sustento de seres mágicos visibles e invisibles como el hombre mismo. Uno podía montar en las alas de una mariposa si quería vivir entre gnomos, silfos, salamandras y ondinas. O podía montarlas, bañarse en su polvo de oro y morir allí mismo: romper el cascaron de la vida, metamorfosearse como la oruga en mariposa y prender el vuelo hacia la libertad.

En aquel tiempo las mariposas eran traviesas, bromistas y hasta un poco crueles: cargaban con cuanto mortal encontraban. Por eso los bosques estaban llenos de criaturas mágicas, y los dioses por montones se confundían entre los hombres.

Alona comía raíces a su lado: miraba ensimismada las nubes mientras mascaba lentamente un pardo trozo de raíz. Al sentirla despertar salió de su contemplación, suspiro soñolienta y luego enfoco su atención en ella. Después de un momento (Mirisha reconociendo su entorno, un bebe mordisqueando una flor-girasol, sorprendiéndose con el vuelo de una alondra), le ofreció una raíz. No obtuvo respuesta. Mirisha miro ese objeto de aspecto suave y extraño que le ofrecían, abrió la boca pero no dijo nada.
Alona se puso de pie. Levántate, pidió; recogió la esterilla, la canasta -unas raíces dentro-, y luego, tomándola de la mano, echo a andar en dirección al río. A la mitad del trayecto se detuvo. Tenia el rostro iluminado. Dejo caer la canasta y la esterilla para correr detrás de una mariposa multicolor. Con un aire ausente, Mirisha la vio alejarse. El murmullo del río llegaba hasta ella. Siguió adelante.
En el río se estaba bien. Sentada en la ribera vio correr las aguas casi transparentes, caer las hojas secas de los arboles, trabajar a las abejas en las flores, crecer a las flores y a la hierba. Vio acercarse a Alona con la canasta y la esterilla.
Le pareció verse a sí misma.
Comenzó a temblar. Ahora estaba asustada. Sin embargo, supo que si no se aferraba a esa imagen, el circulo vicioso en su cabeza la aplastaría y nunca mas podría salir de ese estancamiento en que se encontraba, después de su encuentro con los espantos del bosque, congelada y sin poder hablar.
Y un día cuando por la mañana el niño se acerca a la jaula de los conejos para darles lechuga de comer el conejo le dice: “oye tu chamaco, límpiate las narices que las tres chorreando”.
Alona llego a su lado con una mariposa multicolor en la mano derecha, se sentó junto a ella y dejo la canasta entre la hierba. La esterilla no estaba. Mirisha la miro con ojos interrogantes, abrió la boca pero no dijo nada. Alona alzo los hombros, se puso de pie, se saco el vestido estival con un movimiento y se tiro al río. Allí, se zambullo hasta el fondo y después de un momento reapareció en la superficie. Comenzó a chapotear nadando de espaldas, de cabeza, solo sus pies sobresalían del agua, dejándose ir hasta el fondo con los dedos índice y pulgar a modo de pinzas en la nariz, para salir con el cabello relamido chorreando agua sobre sus ojos y sobre sus hombros desnudos.
Y esta explosión de vitalidad llegó acompañada por el trino de los pájaros, el viento que comenzó a jugar con los cabellos de Mirisha, las ramas de los arboles meciéndose en un verano verde y esplendoroso, ardillas buscando comida, curiosas y ávidas ante ese misterio sentado junto al río.
Frente a esta algarabía, un sentimiento desconocido dentro de Mirisha pugnó por salir -la lucha que se libraba en su interior se intensifico- su cuerpo se sacudió con un espasmo -el golpe en su cabeza era una cicatriz demasiado pequeña ya, que desaparecía con la rapidez de un mal sueño, de un sueño no deseado. Entonces quiso decir algo, cualquier cosa, pero su voz no estaba. Quiso levantarse para meter la cabeza en el agua, quizá el estancamiento en su interior desaparecería, pero no podía moverse. En su cabeza sus deseos daban vueltas y vueltas, como un perro que quiere morderse la cola…
Allí sentada, como un títere de coyunturas muertas e hilos rotos, de pronto, comenzó a llorar.
Sorbiendo la nariz sintió que Alona la cogía de un pie arrastrándola hacia el río
– Ya no llores pecosa -la consoló
Y en medio de risas, antes de darle un empujón, exclamó:
– No he sabido que nadie se muera por el beso de una bruja.