En aquellos impíos lugares nada me podía salvar. Y un día, en medio de aquel remedo de existencia, errando desconsolado en un inhóspito, frío y antiguo paraje, encontré (creí encontrar, ese atormentador castigo me enloqueció al punto de imaginar insostenibles ecuaciones) esa insoportable luz brillando en la distancia. Por fin, grité, echando a correr, escapando (eso creia yo) del silencio, el hastío y el terror. Y la luz estaba ya frente a mi, de modo que todo lo que hice fue agacharme para tocarla (¡la luz! ¡la luz!) y en ese instante volvi a caer, jalado por ese caleidoscopio de luces (intensísimas aquí, opacas allá) y sombras y dije (no puedo quitarme esa maldita e insana costumbre): estoy muerto y la luz por fin es mía.
En aquel sueño estaba Alguien. No habia ruido. Cuando se acercaba a mirarme (desconcertada frente a mi, yo paralizado, no podía decirle nada) sus blancos vestidos revoloteaban silenciosos a su alrededor. Me llevó a un recinto extraño, lleno de luz por todas partes. Y cuando cerré los ojos (no recuerdo si me lo propuse o no) mil cálidas manos comenzaron a tocarme y yo perdí el conocimiento porque no recuerdo que refulgentes cosas después me ocurrieron