Dean Huracán Moriarty estaba un día mordisqueando semillas mientras veía el mar apacible a través de su ventana en aquella media tarde inolvidable cuando decidió que la vida le preparaba grandes sorpresas. Imaginó que realizaba viajes imposibles a través del mundo entero dando vueltas por sobre los continentes y las nubes de rocío. Aprendía a dar vueltas y a girar en medio de las conversaciones y de las pláticas y del reflejo amoroso en los ojos de las mujeres. Se enamorarían de el. Alrededor de todo el mundo en sus idas y venidas espectaculares. La vida le tenía regalos indescriptibles.
Permaneció tres segundos más mirando el mar en lontananza deslumbrado con La Nueva Visión. Luego salió corriendo.
Regreso con un mapamundi gigante: un mapa completo del mundo sobre el que ponía los pies. Había subido al ático para hurgar entre libros antiguos y fotografías borrosas y encontró aquello. Entonces, dibujó su recorrido infinito con tiza de colores sobre los mares y las montañas de aquel mundo rescatado de su viejo ático polvoso. Comenzó a mitad del océano donde nacían gigantescas criaturas marinas aprovechando las calidas corrientes marinas. Hizo trazos desordenados en los continentes desdibujados, sobre las playas, las callecitas, las plazas, las montañas, los ríos, los árboles, la gente. Se había vuelto loco. Maltrató con excesiva alegría aquella reproducción hermosa del mundo vivo y palpitante eufórico por las promesas recibidas.
Paso el resto del día confeccionando magníficos planes de resurrección y aturdimiento. Se prometió a si mismo dejar las cavilaciones a un lado: se comería al mundo sin esperar ni pedir permiso.
Ya estaba por fin sucediendo.
En el país de las tres ruedas hay un abismo infinito a donde llegas tarde o temprano. Es común que te inviten a tirarte en paracaídas o a subir la montaña empinada. Las risas de los niños se elevan hasta el cielo de mil colores y nubes rimbombantes. Un día sucede que te quedas sin aliento porque has empezado a caer en la boca del remolino. Vomitas y quedas pálido. Tus alas de insecto se caen como polvo translucido. Todo mundo te dice que estas enfermo. Has perdido peso y en la lista de pendientes los niveles de toxinas cantan con vocecillas chillonas que te tienen atrapado. Son de hermosos colores seductores y sus ojos relumbran en la oscuridad, te invitan a cervezas y platos rebosantes de alimento, delicioso alimento. Es victoria. Tus cabellos cuando despiertas están totalmente revueltos. La cita con la doctora. Pero ya nadie pone en tela de juicio que vas cayendo. Empujón. Paso en falso. Descuido. Te comieron la lengua los ratones. Falsas esperanzas. Visiones cumplidas. Voy a desnatar mis sueños. Se habla de profecías, de renacimientos. Reencuentros. Fumaremos las raíces escondidas y tendremos visiones de lujuria. Ahítos.
Voy a pedir pollo asado.
…me acuerdo que un día mi padre me había prometido veinte sueldos si le hacia bien una división; comencé, pero no pude terminar ¡Ah!, cuantas veces me ha prometido monedas, juguetes, golosinas, incluso una vez cinco francos si lograba leerle alguna cosa. Pese a ello, mi padre me puso a la escuela desde que cumplí los diez años ¿Para qué –me decía yo- aprender griego o latín? No lo comprendo. En fin, ¿qué falta hace? ¿Qué me importa a mi que me aprueben si el que te aprueben no sirve de nada en este país? Si, claro, te dicen que obtendrás un puesto si estas aprobado. Yo no quiero ningún puesto: seré rentista. Y aun cuando lo quisiera ¿para que aprender latín? Nadie habla esta lengua. Algunas veces lo veo en los periódicos; pero, gracias a Dios, no voy a ser periodista ¿Para que aprender historia y geografía? Es verdad que es necesario saber que Paris esta en Francia, pero nadie pregunta a que grado de latitud. De la historia, aprender la vida de Chinaldon, de Nabopolasar, de Dario, de Ciro y de Alejandro, y de sus demás compadres notables por sus nombres diabólicos, es un suplicio.
¿Qué me importa a mi que Alejandro haya sido celebre? Que me importa… ¿quién sabe si los latinos hayan existido? A lo mejor es una lengua inventada; y aun cuando hayan existido, que me dejen ser rentista y se guarden su lengua para ellos ¿qué mal les he hecho yo para que me impongan tal suplicio? Y pasemos al griego. Esta sucia lengua no la habla nadie, ¡nadie en el mundo!…
¡Ah! ¡mecachis de contramecachis! ¡diantre! Yo seré rentista. No tiene nada de agradable eso de gastar los pantalones sobre los bancos de clase ¡caramba!
Para ser limpiabotas, para ganar un puesto de limpiabotas, hay que pasar un examen; pues los puestos que os ofrecen son de limpiabotas, o porquero o boyero. Gracias a Dios, no quiero nada de eso ¡canastos! Además os hinchan a mojicones por toda recompensa; os llaman animal, cosa que no es verdad, pedazo de hombre, etc…
¡Ah! ¡recanastos!
Arthur Rimbaud
Y si, es la lectura de un texto de Rimbaud, podcast del Jefe Rimbaud. Adelante.
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