Aunque se dijera mil veces que se sentía mal, tenia que levantarse. Tenia que levantarse y echar a correr. Escapar de todo eso. De eso que ya se le echaba encima. Mirar todos esos rostros desfigurados para ayudarlos a recomponerse. Sonreírles y decirles, estoy bien, no me paso nada, de veras, estoy bien. Pero le dolía respirar, le dolían los huesos y no se podía mover. Cerro los ojos. Al instante siguiente ya no estaba ahí. Aterrada, los abrió violentamente. Cada vez había mas rostros. Y voces, lejanas voces que algo gritaban. Pudo, con gran esfuerzo, levantar la cabeza, pero le impidieron seguir. No te muevas, creyó que decían. Ahora estaba llorando porque sabía que se iba a morir. Y sus lagrimas caían sobre su rostro como de un recipiente roto que ya no puede contener nada. Allí tirada sintió que un viento helado se desataba. Y toda esa gente a su alrededor era parte misma de un doloroso y violento remolino de polvo frió que le nublaba la vista y le obligaba a parpadear repetidas veces. Recordó que era de noche. Era de noche y podía ver cada detalle de esa multitud alrededor que esperaba una ambulancia mientras ella, ahí tirada, sin remedio, sin esperanzas, sentía como eso se le echaba encima y lentamente la desintegraba.
El fin de semana:
Entonces estaba realmente perdido y en el límite. Les avise que me iba a dar una vuelta y les deje con sus excursiones tontas y sin sentido. De primero aproveche para comer y no gastar demasiado dinero. Comimos y yo pedí cerveza, tortillas calientes. Estaba tan hambriento que hubiera muerto sin demasiados tramites. Después decidieron recorrer aquel simple centro comercial demasiado poca cosa y pueblerino como para hallarse en el centro de aquella ciudad fronteriza. Después de soportarlos estoicamente y luego de que todo estuvimos juntos —se habían extraviado entre los locales comerciales al separarse para ver uniformes deportivos— les dije que después los alcanzaba y que no se preocuparan —¡jodanse! debí haber agregado. Pero ya no tenia tiempo, demasiado desesperado y ansioso por mirar con mis propios ojos y para conducir mi propio tour en aquella ciudad mágica y atrayente, seductora, bulliciosa y estridente, aunque ello significara acercarme al limite, siempre al limite, y ponerme enfrente de esa realidad donde el mundo alardeaba desmadre total y alrededor todos se apretujaban y brincaban platicaban y decían y bebían cerveza y golpeaban y gozaban siempre al alcanzarte en la boca un golpe de bestia que te hacia saltar los dientes y llorar adolorido y asfixiado. Pero esa situación era mejor pinchemil veces mejor que ir uno detrás de otro en los pasillos de ese insípido y aburrido centro comercial estrecho y agobiante mirando los cds y la ropa deportiva y la cartelera de los multicinemas y las super películas todas emocionantes del pobre señor de dientes como conejo sonriente y un poco idiota y los títulos de libros y los equipos de sonido y mirando a las muchachas cogidas de la mano, melosas y espectaculares, de-li-cio-sas, y que dicen de comprarse ese vestido y y y pensando pensando pensando siempre pensando como monos bilingües y atrabiliarios sin atreverse nunca a alcanzar la mano y… Pero entonces ya, me encontraba en esa avenida ajena y limpia y con árboles en las aceras llena de autos y actividad y luces pues estaba anocheciendo y era casi —justo jueves— fin de semana y tal. Levante la mano y el taxi se detuvo. Subir. A la avenida constitución, no hice sino decir, en extremo confuso y desatado, y entonces me descubrí, como decía al principio, perdido en una ciudad extraña y ajena y en el límite pero todo de puta madre en realidad porque por fin había escapado y me lo estaba montando y seguro, si, seguro, aquélla vez, por fin, La encontraría.
Y ya.
Era un patio como del tamaño de una cancha de tenis (ahora así me parece), en un día soleado, supongo que mediodía: la luz caía sobre las cosas instalando una sombra sólida y oscura que contrastaba con los iluminados alrededores. Había una fila de niños casi enfrente de mi, no se por qué estaba ahí esa fila de niños (ahora que escribo esto me llegan así como recuerdos o como imagines demasiado lejanas en donde la maestra se halla en un extremo de la fila, el extremo que sale de la pared. Los niños esperan su turno con las manitas preparadas: allí donde la fila empieza la maestra corta uñas, pero seguro son unas tijeras chicas y no cortaúñas lo que la maestra tiene en las manos, unas tijeras a primera vista inofensivas y pequeñas, adecuadas para la delicada labor que pacientemente ella ejecuta), pero tampoco se por qué no estaba yo formado en esa fila de infantes ¿Habian acabado ya conmigo acaso? Mcht, no lo se. Va un diBujo-diaGrama:

Ese es un plano del patio que recuerdo. M es la maestra (aunque la verdad no me acuerdo si había allí una maestra, creo que no, creo que si), F es la fila de niñitos. E es la niñita y Y soy yo. La rayita desdibujada que se ve en la parte superior del extremo derecho es (recuerdo) la salida del patio, allí había un pasillo ancho que llevaba hacia la recepción o la entrada del jardín de niños y hacia las estancias donde se cuidaba a los bebes y a los niños mas chiCos. Tal vez la razón por la que la Maestra me evade es que ahí donde ella estaba, en ese lugar del muro en el patio, digo, ahí había una puerta, había dos puertas en realidad que constituían la entrada a dos grandes salones, es posible que la Maestra estuviera dentro de un salón sentada en una sillita frente a la fila de uñas, de niños digo. Estando ahí, dentro, no soy capaz de ubicarla, la distancia es extrema, el recuerdo vago e impreciso, agh. Estaba verónica y su prima beatriz y también otro niño (¿luis?) y más y más (mmjmmjjj) chamacos. Si me pongo a recordar fallo miserablemente y a lo mejor estoy inventando nombres y presencias, y es posible que esa no sea Chela, la maestra, y si sea un maestro de cara bonachona y un poco afectada o que no sea verónica y si brenda, no luis y si toño o pepe o chucho o quiensabequiensea. El caso, lo que nos ocupa, esta allí enfrente, en esa E que no es N de Niñita sino que es E de Ella y no se porque sigo sintiendo este pendejo impulso de besar nada mas la veo por unos instantes, así levemente, como quien se descuida y mira algo, como quien dice cosas sin importancia, así inofensivamente, tal vez una nube que atraviesa el cielo y no se atreve a ocultar al sol, mas bien lo acaricia (¡o lo quiere acariciar!) con sus orillas de suaves concentraciones etéreas, qué se yo, digo, que ese impulso me quedó desde infante desde tarugo mocoso y ahora es imposible sacarlo fuera de mi que si es Marisol o Claudia o Mónica, lo mejor es de que no dejemos que a nuestro alrededor los demás nos pierdan de vista o que no nos permitamos un segundo solos porque el impulso aparece y entonces todo sucede igual que como se dice hola, así de fácil y tal. Vale, volviendo el recuerdo: que allí enfrente de la fila de niños, supongo, espere el momento en que, según yo, nadie nos veía para voltear a ver a la niñita y tomarle (un segundo, un instante como detenido allí en el tiempo) su carita entre mis manos —unas manos como de gato recién nacido, como de perro flaco y un poco nervioso— e instalarle un beso no se si en la boca o en el cachete o la verdad donde le cayera ese beso genuino y un poco un mucho apresurado. Que la beso y que la dejo allí. Ya no me acuerdo de lo que paso después. Que ahora que lo analizo y lo recuerdo y hago intentos todos frustrados para acercarme más pues que me imagino que lo demás ya no lo recuerdo porque a lo mejor tengo miedo y lo que a continuación me paso es malo y de seguro no lo quiero recordar (porque me avergüenzo y eso) que la maestra de seguro me descubrió y levantándose de donde empezaba la fila me tomó de la mano no sin antes abofetearme indignada para llevarme a un salón vacío y dejarme en un rincón vuelto hacia la pared para llamar a mi mama (fua!) y ponerla al tanto de mis groserías y abusos y majaderías incluidas.
^____^ Eso merecía, en realidad.
Pero la neta que no me acuerdo de lo que paso después y hasta allí (hasta después del beso) llegan mis recuerdos nada mas.