Apareció al cruzar la calle, justo cuando subía la banqueta. Toma mi mano, dijo. No me dio tiempo de reponerme. Me había sorprendido y aprovechó mi desconcierto. Llegamos hasta la librería y se detuvo frente al cristal iluminado. Señalo el libro y luego no dijo nada. Ahí se quedó. Estaba oscureciendo. Tenía hambre. Se me antojo un pan y le dije que fuéramos a la esquina. No me escuchó. Señaló el libro y luego no dijo nada. Pero yo quería un pan. Así que me solté de su mano y fui a la panadería de la esquina. Ella se quedo ahí. Quise que me siguiera pero sabia que no lo haría. Compre dos panes y regrese de vuelta. Los comimos mirando el libro. Ella me había cogido de nuevo la mano. Se hacia tarde. Pronto iban a cerrar la librería. Pero no queríamos irnos todavía.

Entonces van llegando al pueblo, un pueblo feo, y al pasar por una casa llegan frente a la puerta principal. En ese momento de la puerta principal sale un gas (que parece un humo azul) con fuerza violenta y en forma de una nube polvosa. El humo-gas se les echa encima y los tira.


Ahí tirados, en el suelo de piedras (es un camino), se comienzan a transformar, al señor le salen dientes largos y, re-de-pente, muerde a la niña de seis años, la muerde y le quiere arrancar un pie. La niña de seis años también tiene dientes grandes, colmillos de perro, muerde a su vez al señor. Se muerden entre ellos.

Lo ultimo que veo, antes de despertar, es como el señor (es más grande que las niñas) arranca de un mordisco la cabeza de la niña de dos años. La arranca de un mordisco con sus dientes de perro salvaje y destroza el cráneo entre su mandíbula sangrienta.