El humo escapaba perezoso de las casas a las orillas de la aldea. Amanecía. Soñaba que llegaba fatigado con un conejo y tres raspones. Estudie toda la mañana lecciones de aventuras y descubrimientos. Cuando sea grande quiero ser mago, dije, cuando me tocó el turno, tendré barbas y dientes de oro, conoceré todos los secretos y diré palabras mágicas, convertiré en ranas a los enfadosos y demonios maliciosos a mis mejores amigos.
Entonces todo el tiempo era media día y jugábamos a arrojarnos agua y a inventar complicadas injurias. Nos mordíamos las manos y correteábamos bajo la luz priístina del medio día.
Huíamos a ocultarnos cuando las nubes aparecían anunciando el final del día. Entonces el rostro despreciable de las odiosas arpías se distinguía.
¿De que mente horrible y enferma salió esa despreciable imagen que nos veía cuando sacábamos peces del río al mediodía?
Todas nuestras idea de salvación no son sino meras ficciones tejidas laboriosamente por aquello que sabe siempre y a cada momento de la futilidad de nuestros empeñosos intentos.
Quiero ser demonio huidizo con la llave del reino raptado para atravesar mis sueños y llegar al otro lado de la lluvia y de la anarquía.
El sábado soñé con la muchacha que me gusta y que acabo de conocer y que tiene una voz grave y que me pone loco. Ella hablaba y aparecían en los pasillos espectros de fantasmas que se te echaban encima y tu tenias que correr para deshacerte de ellos. O volar, porque en ese sueño se podía volar por los pasillos. Entonces la muchacha hablaba con su voz grave y sensual que te ponía loco y los espectros aparecían y tu volabas escapando de ellos.
En otro sueño que acabo de tener unos cabrones se pasaban tirando balazos y matando gente mientras yo estaba sentado en medio de todo el mundo con Prescistias Pebicée dándome besos sin importarme un carajo que los balazos pasaron zumbando a mi lado. Prescistias Pebicée me daba besos de lengua y todo era como si al instante siguiente te fuera a tocar uno de esos putos balazos en la mera cabeza pero no me importaba y yo seguía dándome besos de lengua con Prescistias Pebicée ahí sentado.
Amanece. Tengo entumida la nariz y tres monedas en la bolsa. Soñé que eran las once de la mañana y que salíamos por la ventana. Atravesamos un río y corrimos entre los árboles caídos.
Te dije mentiras y te convencí para que vinieras a la cueva de paredes adornadas (era un planeta fuera de otro planeta…). Tienes lunares en el ombligo y tus ojos me reflejan de cuerpo entero. Es medio día y la luz del sol me vuelven reflejo en tus ojos nítidos.
Arriba, en el azul del cielo, vuelan pájaros extraviados y desaparecen los últimos arco iris del estío.
Arrugo mi nariz congelada. Ahora tengo hambre y doy saltos para despertarme un poco. Mi cama entre los arbustos.
¿Quién dijo que las escenas coloridas eran mentira?
