Di varias vueltas y me puse bastante triste. Cuando llegue a la casa me deprimí como un loco. Desatados, los demonios especulativos tomaron posesión de mi cabeza y no se fueron sino hasta muy altas horas de la noche. Mónica me había dejado colgado. Eso me descontrolo como a quien le dicen: ven, acércate, acaríciale la cabeza, ven, no muerde, acércate. Y entonces, cuando se acerca, recibe una mordida tan grave que en adelante cada vez que se mira las manos y se ve el muñoncito que le quedo donde alguna vez tenia un meñique recuerda con horror la mordida que recibió y esas palabras suaves y confiadas que le llevaron al infierno de un hospital donde inyecciones, suturas, dolorosísimas operaciones y toda clase de torturas hicieron de su placida y tranquila infancia una pesadilla en vida.