Cuando era niño no me gustaba. Estaba en el preescolar y los días de festival me vestían con disfraces. Era un agobio eso. Recuerdo que me costaba mucho ir por la calle porque todo mundo se me quedaba viendo. Vestido de payaso o de perro con mis pantalones arrastrando y pintado de la cara. Tenia ganas de mandar a todos a tomar por culo pero me daba cuenta de que ni caso me harían. Seguro se cagarían de risa y dirían: “mira que simpático chamaquito”. Estaba atrapado.
Tengo fotografías donde aparezco con mi cara de retrasado sosteniendo un sombrero que me nadaba. En el festival de los animales con esas canciones pendejas donde había flores formadas que jugaban arbitrarias.
Un día tenia unas monedas y me escape de las ceremonias. Corrí por las calles donde vendían alimentos en medio de puestos de fiesta y me saque esas horribles ropas. Corrí desesperado y lloroso escapando de los festivos. Los odiaba.
Había estado deseando que el frío se me quitara y ya estaba muy cansado nada mas caminando y caminando y hablando conmigo mismo porque estaba solo en medio de la nada y luego se hacia de día y luego se hacia de noche y yo nada más ahí iba caminando y buscando aunque no sabia que cosas buscaba pero lo que pasaba es que no me podía detener y ora llovía y salían nubes y yo quería en realidad que todo terminara y dormirme en una cálida cama acolchonada y soñar y descansar y arrebujarme como cuando niño y no tenia preocupaciones y nada más me quedaba en mi cama caliente y ahí como recién nacido burbujeante y nunca me quería levantar de mi súper cama pero nada de eso que yo andaba ahí nada mas caminando muriendo desesperado y muy fatigado y entonces sucede que la vi a lo lejos y me acerque y dije es una cueva y entonces pensé en hundirme en ella y dormir y descansar pero aun estaba muy lejos y camine y camine y camine y dije otras tantas cosas en mi propia cabeza en un dialogo interno interminable y entonces cuando por fin estaba cerca (y era de noche), digo, cuando por fin estaba cerca y me metí que sale una jauría de perros salvajes y que me rodean todo ellos y que se me echan encima para morderme y zarandearme y darme una golpiza eterna con sus aullidos feroces que envolvían la noche entera y sus ojos de sangre odiosa y sus pelambres rebeldes y eran como zorros o así como lobos flacos pero tremendamente rabiosos que habitaban aquellos lejanos lugares impíos y entonces ellos me agarraron una súper paliza por tratar de meterme en la cálida cueva inalcanzable esa de mis visiones fugaces y fatigadas en esa eterna noche de sinsabores, agobios penurias desasosiegos y de una eterna soledad infinita y tal, buscando, siempre buscando.
Introducción
Hoy no fui a trabajar. Ni siquiera avisé ni nada. Nada más no fui a trabajar. Resulta que por la mañana me desperté muy temprano y me di cuenta de que sería un día soleado y sin nubes, me sentía muy tranquilo y sin perturbaciones (aunque tenia un día complicado). Cuando llegue a la oficina de A eran justo las ocho de la mañana y enseguida me recibió. Instalé las últimas modificaciones mientras A preparaba café. Todo hubiera estado perfecto si no es que me demoro diez minutos más de lo previsto: eran las nueve y diez minutos cuando tuve que salir de ahí corriendo y luego subir a un taxi y bajar de nuevo porque la calle estaba completamente invadida y entrar al metro y salir y correr y bajar escaleras y subir escaleras y detener otro taxi y explicar direcciones laberínticas para llegar al trabajo donde ya me estaban esperando desde las nueve de la mañana.
Un ritmo más calmado: desastre
Iba en el segundo taxi cuando advertí que pasábamos enfrente de la cervecería modelo. Me sentí mejor porque ya casi lo había logrado. El sol seguía en lo alto y supongo que casi daban las diez. Pero estaba mejor. La ventanilla del taxi completamente bajada dejaba entrar el viento que me pegaba en la cara. Íbamos corriendo a toda velocidad sobre la calle despejada, delante de nosotros un motociclista aceleraba alborotado y feliz haciendo un escándalo festivo en medio de la mañana luminosa. En la radio sonaba un jazz desconocido y de repente ya estaba inmerso en recuerdos cálidos de cuando íbamos a Chapultepec todos juntos y recorríamos esas mismas calles llenas de sol en excursiones felices, papá acostumbraba llevarnos caminando al bosque y todos éramos felices cantando canciones inofensivas mientras recorríamos aquel trayecto jugueteando en las vueltas y en las paradas. Entonces el taxista interrumpió mis recuerdos al tocar el claxón para llamar la atención del auto que iba cerrándose enfrente de el. Una mujer joven lo conducía. El taxista la rebasó ágilmente pero puede darme cuenta de que se trataba de una mujer muy hermosa. Lo siguiente que vi enfrente del taxi, íbamos muy rápido, fue al motociclista que, para esquivar un bache en el camino, dio una vuelta absurda que lo hizo caer y rebotar justo frente a nosotros. El taxista miraba por el retrovisor a la mujer del auto rezagado y sin poder evitarlo, sin detenerse, con esa velocidad inaudita que llevábamos, le pegó al motociclista y lo fastidio con un estruendo escandaloso arrancándole la cabeza con un estremecimiento del vehículo y un sonido macabro (sin transiciones todo se había vuelto de ensueño, de pesadilla). No sé cómo fue que sucedió pero la cabeza del motociclista saltó, rebotó, giró y aterrizó, a través de la ventana abierta del taxi, justo en mis piernas. Aun estaba viva porque los ojos abiertos al máximo miraban aterrados que el mundo se les terminaba en un baño absurdo de velocidad violenta indescriptible mientras la sangre explotaba sobre mi salpicándome entero e instalándome un terror nauseabundo que no me he podido quitar con nada. Por eso no fui a trabajar.