
Descubrió al instante la cabeza rota. En silencio, como quien sabe con absoluta certeza lo que esta haciendo, descortezó la parte del árbol caído que la había golpeado, cubrió la herida palpitante con la rugosa piel arrancada y luego, con la suavidad de un rayo lunar entre la bruma, envolvió la cabeza con un jirón de su vestido.
Cuando esto hubo hecho, le dijo en un susurro:
– Ya no sufras pecosa.
Y la cargo sobre sus hombros.
Camino con ella atravesando valles desolados, desnudos, en un mundo ajeno donde parecía que la noche recién nacida no pudiera quitarse de encima la agonía del ultimo día, deteniéndose apenas para comer algo, una raíz arrancada a la tierra, casi nada.
Mirisha despertó. Resucitando de un letargo punzante, con la cabeza embotada, penso que estaba muerta. Un demonio del otro mundo la cargaba, un aliado en los linderos del infierno que la arrastraba a través de un mundo extraño, inhóspito, paralelo. Llevo sus manos al rostro y sintió la sangre seca, sucia y encostrada. Su cabeza resonaba. Quiso gritar pero el sonido no salió de su boca.
Hacia el final, después de una jornada de tres mil años, llegaron a un vallecito poblado de pequeños arbustos.

Hacia el final del día nadie había descubierto aun el cuerpo inerte de Mirisha. Después de pasado el susto, solo los pájaros y las ardillas, que fueron testigos de la tragedia, se acercaron a cuidarla, arreglarle la ropa, sacudir el polvo y las hojas muertas que empezaban a cubrirla.
Si esto fuera un cuento de hadas, diría que transcurrido un tiempo, un príncipe llegó ante ella, bajo de su caballo y con un límpido beso de amor la despertó, aliviándola al instante, para llevarla al palacio real; o diría, por qué no, que de la sangre que escapo de su cabeza nació una flor blanca y triste símbolo de aquellos desgraciados que sufren una muerte violenta.
Pero nada de eso. Mirisha seguía allí tirada y nadie llegaba.
