Hay quien duerme profundamente, ajeno a los ruidos de la noche, los golpes, los susurros, las gotas de lluvia en la ventana entreabierta.
Hay quien tiene los ojos abiertos y pasa la noche en vela, agobio de estruendos, los nervios de punta, descanso imposible.
Se de personas que hablan dormidas.
Que duermen en las butacas.
De lado derecho y de lado izquierdo.
Yo durmo bocaarriba.
Y ronco estruendosamente.
A veces me pregunto si soy el único que sueña. Se de cierto que aburro. Pero cuando regreso a casa después de un día soleado y tengo sudor en la cara y sucia la ropa y raspones en las rodillas y chichones y moretones y casi muerdo del hambre que tengo, veo a mi alrededor con euforia que soy el único que voltea.
Sacio mi hambre infinita.
Mientras miro jardín.
Las flores están sedientas.
No soporto que mueran.
Estaba amaneciendo. Dormité toda la noche con la música de la fiesta en mis oídos. Las luces parpadearon todo el tiempo.
Alguien se dejo encendida la radio y en la penumbra, casi inaudible, la música vieja de aquella estación se quedo grabada permanentemente en mi cabeza.
Han pasado cerca de 30 años y aquí sigue.
Estoy frente al monitor y es la una de la mañana, escucho una vieja canción mexicana y recuerdo.
Recuerdo que estaba amaneciendo.