Era un planeta fuera de otro planeta dentro de otro planeta. Estaba lleno de sillas. Había grandes casonas de tapias viejas. bellaCo caminaba altanero entre las sillas. Cuando estaba cansado, grosero, montaba una y con la mirada perdida, se ponía a descansar. Si quería dormir entraba a las casas para protegerse del frío. En ese planeta perdido nadie se atrevía a exigir. Las sillas conjuraban entre cuchicheos planes irrealizables. Las casonas oían tales planes y continuaban impasibles en su eterna inmovilidad. Un día la silla sobre la que bellaCo descansaba estornudo. En un acceso repentino de furia bellaCo hizo pedazos la silla y, no satisfecho, destrozo casi un centenar de ellas. Cuando hubo hecho esto, entro a una casona y cayo presa de un profundo sopor. No escuchaba el estridente conciliábulo entre las sillas. Acicateadas unas a otras, concluyeron que necesitaban un héroe (o un sacrificio). No podían entre ellas matar a bellaCo porque no tenían manos. Solo tenían cuatro patas y un rígido respaldo. Una de ellas sugirió que descoyuntándose podía despachurrar a bellaCo entre el asiento y el respaldo.
Era una maniobra loCa. Y pareCía que lo intentarían.