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Categoría bellaCo

Terrícola, néctar

bellaCo estaba sorbiendo sus dedos porque tenia mucha hambre, estaba embarrado de jugo y tenia la cara llena de guayaba, pedazos de guayaba, cascaritas y hojas verdes, las semillas de guayaba le cubrían todo. Tenia que apurarse, le dijeron que el tiempo en ese lugar corría como demonio. Pero bellaCo confiaba en el hambre que tenia, el hambre atrasada y desgraciada que lo hizo revolcarse durante semanas, meses, jodidos años, lapsos infinitos de tiempo.

Estaba sorbiendo sus dedos porque se había acabado las guayabas, los arbustos donde ellas crecían y los árboles de todo alrededor, se lamía las manos escurriendo de jugo y se pasaba la lengua por toda la cara para hacer buches de baba y escupir a continuación, estaba limpiando las semillas de guayaba que le cubrían de pies a cabeza, tenia miedo de que las semillas le empezaran a crecer encima, una semilla, un arbusto, luego un árbol. Le aplastarían si le crecían encima, el tiempo corría como demonio y si se descuidaba, si no escupía con prisa, la semilla explotaría dentro de el para arrojar un árbol gigante con raíces hambrientas como serpientes recién nacidas y sedientas, hambrientas como el mismo.

Pensó que limpiando las semillas y luego escupiéndolas podía esperar a que estas crecieran de nuevo, a que salieran arbustos llenos de más guayabas jugosas: tenia mucha hambre.

En aquel planeta, luego del agravio de las sillas y de las casonas de tapias viejas, le dio hambre. Paso mil años tirado sin nadie que le ayudara a reponerse de la golpiza: su hambre se hizo demente, gigante. Ahora se había comido entero aquel bosque de guayabas y se limpiaba de semillas para esperar un nuevo festín. Su única virtud, pese a lo enfadoso que era y a las transformaciones que sufría constantemente, era la paciencia. bellaCo era el ser mas paciente en aquel planeta lleno de sillas cobardes, de crueles casonas de tapias viejas y de bosques expresos de guayabas re-nacientes, re-vinientes.

Paciente y todo, en cuanto empezaron a brotar los primeros arbustos, bebes en un primer instante y llenos de flores al siguiente, bellaCo se les echo encima con su bocota abierta y hambrienta. Comenzó a chupar, primero, el néctar de las flores, con una grosera repugnante y odiosa delectación. De haber sido terrícola, bellaCo se hubiera comido las abejas con todo y aguijón que, en el planeta tierra, viven en las flores de guayaba. Estaba tan hambriento y al mismo tiempo tan fascinado con el néctar dulcísimo que las nuevas flores de guayaba escurrían y no sintió el primer arbusto que dejaba de serlo y se convertía en árbol para aplastarle un pie y enterrárselo en un movimiento desesperado de raíz buscando sustancia de tierra fértil: era la raíz enredada en su pie pálido y casi transparente que se hundía en la tierra soñando alimento.

Primero fue un pie, pero el tarado seguía aferrado a la flor gigante que dejaba de serlo y se convertía en árbol dentro de su boca estúpida.

Le nació un árbol debajo de la lengua, otro árbol en medio de los dientes frontales y uno más abajito de la campanilla y entre las amígdalas.

Mientras otro más le aplastaba con una zancadilla.

bellaCo tenia mucha hambre después de la golpiza recibida.

bellaCo (III)

bellaCo pateaba las paredes sin darse cuenta de lo que hacia. Transportado de furor. Al instante siguiente fue aplastado por una de las casonas, una de las mas grandes. Todavía salió enfadado de entre el polvo y las paredes deshechas. Pero pronto cambio de opinión. Los pedazos de casona, las piedras y tabiques, le rebotaban encima: eso era enfado. Le rebotaban como si hirvieran. Como pensamientos y obsesiones. Y las sillas. Ellas habían formado filas y escenarios, auditorios y celebraciones, ya no lloraban. Cuando bellaCo se dio cuenta de lo que había provocado corrió y corrió. Su enfado se había vuelto miedo, prisa genuina. Corrió durante tres mil años: aquel planeta dio tres mil vueltas sobre sí mismo como perro que quiere morderse la cola. En aquella carrera soñó que las sillas no estaban y que el no padecía; en el sueño no había casonas tampoco, ni paredes caídas ni tabiques rebotando.

Jadeante, sudoroso, tembloroso, sin respiración, cuando por fin se detuvo, el mundo se le echo encima. El mundo: el planeta. El mundo formado de sillas y casonas de tapias viejas. Se le echo encima y lo hizo mierda. Asfixiándole, enterrándole, deshaciéndole, triturándole, convenciéndole y azotándole. Por puto enfadoso le decían, por puto enfadoso repetían. Por puto enfadoso.

Luego amaneció.

bellaCo (II)

Cuando aquella silla propuso descoyuntarse contra bellaCo todo quedo en silencio. Solo un momento. Al instante siguiente empezó una vibración en el aire, el piso se movía, era un temblor que crecía: ¡las casonas estaban riendo! Se burlaban. Cohibidas, las sillas no dijeron nada, solo se miraron llorosas. Entonces bellaCo despertó. Ahora las casonas se carcajeaban. AlGo estaba pasando y bellaCo se transformaba, se volvía demonio, vomito verde. Una de las sillas no aguanto más y salió corriendo, huyendo de lo inminente. Ya estaba sucediendo: bellaCo, antes de repetir su hazaña de muerte dijo: “cállense hijas de la chinGada!” y comenzó a patear las paredes. Las sillas lloraban.

En ese planeta perdido las cosas podían sucederse, desatarse. Se hacia de noche y aparecían las brujas, se hacia de día y entonces tu te morías. bellaCo pateaba las paredes y al instante siguiente amanecía.

Agh!

bellaCo tenía amiGos



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