Luego ella me olvidó. Pero sin soltarme. No le cansaba su violento pero incesante sostenerme. Me faltó la luz. Trate de orientarme, estaba perdido, arrojado en un sótano oscuro, violentado por un horrible demonio que chupaba mi sangre. Y vagué y busqué y grité y recorrí desesperado mil desolados parajes intentando encontrarme con esa luz abrumadora. Rompí mi cabeza contra mil corrompidas paredes, habité otros tantos infiernos que ni siquiera eran míos. Llene mil cuartillas con su aborrecible nombre. Estaba muerto y en verdad nada me importaba.