Aquella era una noche tranquila, después del intenso calor de la mañana y tarde un ligero vientecillo de lo mas agradable había llegado a instalarse en la atmósfera refrescando las iluminadas calles. Pase la tarde en el tictactoc socializando con mis cuates del sur de la ciudad, un grupo de malvivientes amigos de cantina. Cuando nos despedíamos en avenida universidad note que las cinco cervezas que había tomado producían un ligero mareo harto placentero. Como soy el único que vive por Chapultepec tuve que caminar al eje 7 sur para subir al colectivo. Carajo, aunque siempre he seguido la misma ruta para llegar a casa, aquella tarde-que-se-convertía-en-noche debí pensarlo dos veces; que digo, aquel día ni siquiera debí haber salido del departamento.
La cosa estuvo así: detenido por el semáforo el microbus estaba en la esquina, un vehículo normal, típico, urbano y peligroso. Por cierto. Había lugar hasta el fondo. Fue cuestión de subir para que la luz verde permitiera el paso. Advertí entonces que el operador —si les dices chofer se ofenden y te madrean, me comentaron una vez los malvivientes aquellos— lucia un tanto extraño, excitado o algo-así; se veía raro. Estaba, porque manejaba como loco; ora enfrenaba bruscamente, ora aceleraba rebasando a otros coches, ora daba vueltas a toda velocidad.
El trayecto corría del metro zapata al metro mixcoac por avenida extremadura a esas horas con poco transito: aunque había gran cantidad de coches, estos se deslizaban con relativa velocidad.
A las dos calles una señora de boca fruncida accionó el timbre de bajada, entonces el operador, presumiendo sus habilidades mágicas, disminuyó la velocidad, aceleró haciendo brincar a los pasajeros, se metió en el camino de un viejo ford, y derrapando, hizo parada en la esquina. La señora, con un dios mío en la boca, bajo toda pálida y apresurada rogando al altísimo que al operador no se le ocurriera arrancar llevándosela como trapo viejo.
Yo miraba todo con un acusado deseo masoquista de que sucediera una desgracia: cosas como que atropelláramos a un cristiano (o a cualquier pendejo que se duerme en los cruceros) o que la vieja parlanchina —que a continuación describiré— golpeara al operador.
Era una señora alta grande y muy vieja que parecía la más enfadosa abuela sobre la tierra (ugh), vestía como pordiosera y usaba unos viejos tenis de tela que había recogido seguramente de un bote de basura. Primero dijo, huy ya parecemos ganado bájele un poco a su música cálmese que no llevo prisa y me callo la bocota chingado argonauta parapléjico del cerebro al volante bruto con licencia para chocar pinche loco que nosta en un autodromo vago salvaje carnicero pendejo animal y puto. Pero el reporte de trafico de radio universal que pronto dio paso a Whole Lotta Love de Led Zeppelín, ahogaba los chillidos de lo que parecía la abuelita de pedro infante en los tres garcía. Después, y como el operador ignoraba toda forma de vida ajena a el, la cabecita blanca comenzó a quejarse con el señor que sentado a su lado miraba con una palidez espectral el tumulto de imágenes que arrojaba la ventana sobre el. Oiga usted el peligro que estamos corriendo este señor esta loco no se como le permiten manejar un microbús y de una patrulla ni sus luces claro si le están dando y duro hay dios mío salvaje se fijo casi chocamos santa maría del recóndito refugio protégenos.
Y no obstante, el operador obedecía todos los semáforos y cuando un pasajero no soportaba el terror y pedía la bajada el operador con sus audaces maniobras se arrimaba a la acera para que la gente huyera despavorida dejando atrás claxonazos y mentadas de madre.
Después de nueve calles sentí que las cinco cervezas se convertían en ocho caguamas y una solera porque un nefasto mareo amenazaba con desbocarse en forma de vomito y me hacia arrepentirme de todos mis pecados y rogar a todo el panteón de santos y santas cristianos para que me ayudaran en semejante trance. Pero todo era en vano porque los plañidos infernales de Rober Plant parecían excitar al operador haciéndolo correr más y más.
El compañero de doña sara garcía, un calvo oficinista, a ojos vistas, decidió que era suficiente y exigió con voz chillona que la velocidad disminuyera y que la música acabara. Por fin, el operador decidió atender el temor y la anarquía que a sus espaldas había estado tomando forma. Bajo el volumen y dijo:
Pero el operador no la escuchaba porque miraba al oficinista con franco rencor como diciendo: que pinche pendejo si no te gusto bájate y toma un taxi. Quise que el calvo expresara, ahora que la música no estaba, su desacuerdo con la violenta manera de transportar gente del operador, pero de la manera mas cobarde —¡culero!— desvió la mirada y se hizo el desentendido.
Después de fulminarlo con la mirada, el operador volvió a subir el volumen de la música y se concentro de nuevo en aquella odisea que el mismo Ulises hubiera envidiado.
A lo mejor ese pinche operador estaba stoned.
En el radio el remolino final de aullidos ledzepellinescos daba una sensación de sueño-que-se-transforma-en-pesadilla-a-toda-velocidad. La gente, agarrada con sus veinte uñas y con los ojos abiertos al máximo, veia pasar con una rapidez impresionante, las luces de coches y comercios.
Y luego, al pasar cocinas delher el microbús pego con un sonido estremecedor la defensa de un último modelo que trataba de rebasar. Cogí aire, lo necesitaba, el mareo persistía y la sensación de vomito se incrementaba, pensé en los tacos, las cervezas, lo tranquilo que estaba en el ticatactoc; pensé en comprarme un coche.

Hasta entonces, y con el impacto al último modelo, la vieja y el calvo se callaron. El operador acelero escapando rápidamente y dejando tras de si odio y rencor en los automovilistas.
Todo era velocidad y rocanrol: después de Whole Lotta Love radio universal puso ¡Not to touch the earth! de los Doors y el operador acelero ¡aun más! y todos nos agarramos con mas fuerza y volamos por todo extremadura bajo la luz de la luna de una gloriosa noche de noviembre ¡que viaje!
You won’t know a thing till you get inside, vocifero Morrison cuando una patrulla apareció en la lejanía con una sirena rompiendo la magia del viaje y las luces rojas y azules dando un aspecto de fiesta a la calle llena de coches.
La cabecita blanca comenzó el concierto de gritos e interrumpió al rey lagarto cuando este aullaba: c’mon along we’re not going very far!
El microbús brincaba, daba vueltas, enfrenaba, aceleraba, otra vez brincaba, golpeaba a los autos violentamente y no se detenía; cada vez iba mas rápido.
A pocos metros de distancia, la patrulla exigió al operador que se detuviera mientras ordenaba a los demás autos que se apartaran: ¡hay les va la que los trajo al mundo!, gritaban. Un patrullero asomo medio cuerpo por la ventanilla y apunto con un arma al operador. Aun estaban muy lejos pero pensé que dispararían a las llantas.
Con un ¡PRAAAUM! John Densmore recibió el solo de guitarra al que se unió el órgano psicodélico de Manzarek.
En ese momento la patrulla se emparejaba al microbús.
—¡Párate hijo de la chingada! —aulló el patrullero apuntando a la cabeza hueca-pero-llena-de-telarañas del operador.
Sorpresivamente, con una imprudencia, un salvajismo, una estupidez solo vista en los cinepolis de la ciudad, el patrullero disparó fallando solo por centímetros.
BANG, CRASH, PUM, CUIC, POC, ZOC, se escuchó, el disparo, la ventana, la cabeza del calvo. BANG BANG.
Demasiado para la dulce y venerable anciana que se desmayo y rodó entre los asientos. Saltamos todos hacia delante cuando el vehículo freno bruscamente. El calvo cayo junto a la vieja. Yo estaba en la orilla del asiento con las manos soldadas al tubo escuchando y viendo la esquizofrenia de la situación.
El patrullero se había vuelto loco porque seguía disparando, como enfermo insano e hijo de puta, al microbús que, por la inercia, seguía avanzando sin detenerse. El operador había quedado hecho caca contra el volante.
Todo mundo gritaba y escandalizaba haciendo de la escena un infierno donde Jim Morrison llevaba la voz cantante al aullar: wake up girl, we’re almost home! Yo lo escuchaba todo en medio de un ataque de risa que me hacia vomitar los tacos dorados del tictactoc.
Las carcajadas no terminaban.

La única puta basura es que cuando mas emocionado voy arriba del carrito en mi superviaje velocísimo es que re-de-pente el pinche carrito empieza a disminuir la velocidad y lo hace lentamente así, suavemente y sin violencia, digo, la empieza a disminuir y se detiene, se detiene totalmente y entonces mi visión-sueño se detienen también y ahí me quedo como pendejo mirando una imagen estática en mi sueño. Una sola imagen estática que no cambia y ahí se esta. Entonces me aburro. Eso me hace despertar y abrir los ojos.