Jovencitas desnudas (acto único)
Lo mejor de todo son las jovencitas desnudas. Aquellas que no tienen ningún problema cuando se trata de ponerse manos a la obra. A veces sucede que se lo piensan un segundo. O dos. Pero de inmediato comprenden que por ahí no va la cosa. Rectifican sin que te des cuenta del predicamento. Y ya esta. El mundo seria demasiado mierda si ellas no existieran. Digo, afortunadamente algo o alguien (o que se yo) hizo las cosas bien. Y las jovencitas desnudas existen.
Me gustan las más expansivas, las que te dan todo sin pedir nada a cambio. Las que nada mas te ven y se sonríen y ya están diciéndote con el pensamiento o con su sonrisa o con su simple andar que, vale que no hay bronca que te acerques sin demasiados titubeos y que mires lo que ellas tienen. Ellas son platicadoras y se dejan. Que les platiques digo. Podrías pasar mil años ahí a su lado nada más platicándoles. O mirando lo que ellas tienen.
Ahora.
El único gran problema que existe alrededor de ellas y por el que mucha gente padece y en verdad se enferma conforme pasa el tiempo y la ansiedad o la depresión o ese tipo de enfermedades ocasionadas por un desconocimiento de la realidad mas inmediata le agobia como una pesada carga de esas que en la antigüedad mataban a la gente y ahí ves los textos indescifrables de las generaciones antiguas donde se detallan incontables insufribles y atroces remedios para salir de la enfermedad que como un hechizo te ha tirado dentro de la cueva dejándote ciego y estupidizado frente a la pared sin advertir otra situación que la que dentro de ti te has formado en un mundo imposible lleno de jovencitas desnudas y de sol y calor y donde algo o alguien le ha dado una patada en el culo a los problemas y dificultades y a todo tipo de agobios mundanos y en ningún modo agradables.
Digo, que el único gran problema es que las putas jovencitas desnudas van por el mundo tirándole la onda a cualquier pela-gatos sin avisar que cerca de ellas y cuidándolas están los Jovencitos Desnudos, una panda de hijos de puta feos como la mas negra noche que te rompen la madre si te ven cerca de ellas.
Mierda.

Alona comía raíces a su lado: miraba ensimismada las nubes mientras mascaba lentamente un pardo trozo de raíz. Al sentirla despertar salió de su contemplación, suspiro soñolienta y luego enfoco su atención en ella. Después de un momento (Mirisha reconociendo su entorno, un bebe mordisqueando una flor-girasol, sorprendiéndose con el vuelo de una alondra), le ofreció una raíz. No obtuvo respuesta. Mirisha miro ese objeto de aspecto suave y extraño que le ofrecían, abrió la boca pero no dijo nada.
Alona se puso de pie. Levántate, pidió; recogió la esterilla, la canasta -unas raíces dentro-, y luego, tomándola de la mano, echo a andar en dirección al río. A la mitad del trayecto se detuvo. Tenia el rostro iluminado. Dejo caer la canasta y la esterilla para correr detrás de una mariposa multicolor. Con un aire ausente, Mirisha la vio alejarse. El murmullo del río llegaba hasta ella. Siguió adelante.
En el río se estaba bien. Sentada en la ribera vio correr las aguas casi transparentes, caer las hojas secas de los arboles, trabajar a las abejas en las flores, crecer a las flores y a la hierba. Vio acercarse a Alona con la canasta y la esterilla.
Le pareció verse a sí misma.
Comenzó a temblar. Ahora estaba asustada. Sin embargo, supo que si no se aferraba a esa imagen, el circulo vicioso en su cabeza la aplastaría y nunca mas podría salir de ese estancamiento en que se encontraba, después de su encuentro con los espantos del bosque, congelada y sin poder hablar.
Y un día cuando por la mañana el niño se acerca a la jaula de los conejos para darles lechuga de comer el conejo le dice: “oye tu chamaco, límpiate las narices que las tres chorreando”.
Alona llego a su lado con una mariposa multicolor en la mano derecha, se sentó junto a ella y dejo la canasta entre la hierba. La esterilla no estaba. Mirisha la miro con ojos interrogantes, abrió la boca pero no dijo nada. Alona alzo los hombros, se puso de pie, se saco el vestido estival con un movimiento y se tiro al río. Allí, se zambullo hasta el fondo y después de un momento reapareció en la superficie. Comenzó a chapotear nadando de espaldas, de cabeza, solo sus pies sobresalían del agua, dejándose ir hasta el fondo con los dedos índice y pulgar a modo de pinzas en la nariz, para salir con el cabello relamido chorreando agua sobre sus ojos y sobre sus hombros desnudos.
Y esta explosión de vitalidad llegó acompañada por el trino de los pájaros, el viento que comenzó a jugar con los cabellos de Mirisha, las ramas de los arboles meciéndose en un verano verde y esplendoroso, ardillas buscando comida, curiosas y ávidas ante ese misterio sentado junto al río.
Frente a esta algarabía, un sentimiento desconocido dentro de Mirisha pugnó por salir -la lucha que se libraba en su interior se intensifico- su cuerpo se sacudió con un espasmo -el golpe en su cabeza era una cicatriz demasiado pequeña ya, que desaparecía con la rapidez de un mal sueño, de un sueño no deseado. Entonces quiso decir algo, cualquier cosa, pero su voz no estaba. Quiso levantarse para meter la cabeza en el agua, quizá el estancamiento en su interior desaparecería, pero no podía moverse. En su cabeza sus deseos daban vueltas y vueltas, como un perro que quiere morderse la cola…
Allí sentada, como un títere de coyunturas muertas e hilos rotos, de pronto, comenzó a llorar.
Sorbiendo la nariz sintió que Alona la cogía de un pie arrastrándola hacia el río
– Ya no llores pecosa -la consoló
Y en medio de risas, antes de darle un empujón, exclamó:
– No he sabido que nadie se muera por el beso de una bruja.