En la cabeza de Mirisha hay voces, ella desvaría y no puede detenerlas:Una flor de tu vestido crece en tu ombligo aquella mañana mientras dormías una nube había entrado por la ventana para enseñarte entre una lluvia de estío el lugar donde nacían las criaturas de mil voces revientas en un tallito débil a la luz del día la bestia en ti es un bebito que se divierte en este páramo desolado quién vive en el bosque con collares y sombreros con velos fugaces pasto luces colores formas mil formas cualquiera te entiende déjalos colocarse dales una clave mínima clave gritos ahogados en el corazón del texto y que rota al fin te bajen al sótano te habite el polvo y el silencio lejos del ajetreo para soñar cerrar los ojos y desaparecer ojos azules hongos raíces estepas floridas sus labios acerbos derriten tu boca hacen polvo tus dientes cenizas tu quijada nueve trinos anuncian el día un árbol no es un árbol una casa no es una casa la luz de las estrellas es leche tibia derramada en las llanuras hace frío pero no tienes cuerpo para sentirlo hace calor y piensas que necesitas un abrigo te metes en tormentas terremotos y erupciones volcánicas eres el parásito de un despreciable gusano si te mueves te disparas y si abres los brazos sientes que ya estas muerta sabes que estas mal que algo se descompuso ahí dentro nunca mas podrás evadir el caos que te rodea decirle guayaba a una uña rota o huesito de pollo a una abeja intoxicada sal niña-ardilla de rodillas sucias corre y que llegues con vida ahora el final ahora aquí luego el principio estaba la bruja pidiendo consuelo es esto realmente una bendición luz sol nubes color amor canción locomoción tengo tres veces una ilusión función visión extremaunción desorganización cocción unción asunción des-vir-tua-cion.

Descubrió al instante la cabeza rota. En silencio, como quien sabe con absoluta certeza lo que esta haciendo, descortezó la parte del árbol caído que la había golpeado, cubrió la herida palpitante con la rugosa piel arrancada y luego, con la suavidad de un rayo lunar entre la bruma, envolvió la cabeza con un jirón de su vestido.
Cuando esto hubo hecho, le dijo en un susurro:
– Ya no sufras pecosa.
Y la cargo sobre sus hombros.
Camino con ella atravesando valles desolados, desnudos, en un mundo ajeno donde parecía que la noche recién nacida no pudiera quitarse de encima la agonía del ultimo día, deteniéndose apenas para comer algo, una raíz arrancada a la tierra, casi nada.
Mirisha despertó. Resucitando de un letargo punzante, con la cabeza embotada, penso que estaba muerta. Un demonio del otro mundo la cargaba, un aliado en los linderos del infierno que la arrastraba a través de un mundo extraño, inhóspito, paralelo. Llevo sus manos al rostro y sintió la sangre seca, sucia y encostrada. Su cabeza resonaba. Quiso gritar pero el sonido no salió de su boca.
Hacia el final, después de una jornada de tres mil años, llegaron a un vallecito poblado de pequeños arbustos.