Nux fulguris

(ii)

Voy a ser raptado como un niño para jugar en el paraíso en el olvido de toda desgracia.
A. Rimbaud
Mala Sangre

(i) Aparecer

Era la víspera del solsticio de estío. Mirisha salió de la casa de campo con una canasta bajo el brazo. Aunque se había puesto el mejor vestido que tenia, había olvidado desenredarse el cabello y ponerse los zapatos. No los necesitaba: cuando vio la primera mariposa ya la casa de campo había desaparecido y en sus oídos resonaba incesante el barullo de la campiña.

Después de caminar al azar durante algunos minutos, se detuvo a pocos pasos de un enorme árbol donde un pequeño pájaro de alas lapislázuli la observaba curioso.

Al volverse para mirar la extensión del valle que había dejado atrás vio la luna recién nacida como una cicatriz en el intenso azul del cielo; pensó que más allá de esa pálida verruga una bruja de cabello negro y piel blanca escribía un libro donde ella figuraba como personaje principal: era el libro de su vida, y ahora la bruja, después de hacer estremecer a la luna, la ocultaba detrás de una pequeña nube con figura de rana.

Estornudo tres veces: divertida, recordó sus zapatos. En su pálido rostro apareció una sonrisa. Deslumbrada, una mariposa arrancada de un arcoiris voló a su alrededor. Ella cerro los ojos, atolondrada, para desear que el sueño no terminara, que las mariposas y los pájaros y las nubes y las flores no fueran solo una ilusión, una fantasía escrita por la mente enferma de una bucólica bruja desdentada.

Abrió los ojos. La mariposa había desaparecido. Jugueteando con sus cabellos, el viento dejaba entre rizo y rizo brillos dorados de sol.

Al volverse, encontró sorprendida al pájaro lapislázuli que la miraba curioso, absorto quizá ante esa prístina visión que presenciaba: una princesa escapada de un cuento de hadas vestida con un sencillo vestido de ninfa que soñaba a ser el más inalcanzable lepidóptero sobre la tierra.

Echo a caminar. Ahora atravesaría el bosque buscando frutos y raíces para comerlos a la sombra de un árbol. Haría un collar de flores, hundiría la cabeza en el ojo de agua. Se alejo de la campiña tarareando una canción:

Eh ¿a dónde has ido?
¿por qué te escondes?

Descubre tu rostro,
tus manos no dejan

No he visto tus ojos,
tu risa de cerca

anda
di dónde has ido


bellaCo (II)

Cuando aquella silla propuso descoyuntarse contra bellaCo todo quedo en silencio. Solo un momento. Al instante siguiente empezó una vibración en el aire, el piso se movía, era un temblor que crecía: ¡las casonas estaban riendo! Se burlaban. Cohibidas, las sillas no dijeron nada, solo se miraron llorosas. Entonces bellaCo despertó. Ahora las casonas se carcajeaban. AlGo estaba pasando y bellaCo se transformaba, se volvía demonio, vomito verde. Una de las sillas no aguanto más y salió corriendo, huyendo de lo inminente. Ya estaba sucediendo: bellaCo, antes de repetir su hazaña de muerte dijo: “cállense hijas de la chinGada!” y comenzó a patear las paredes. Las sillas lloraban.

En ese planeta perdido las cosas podían sucederse, desatarse. Se hacia de noche y aparecían las brujas, se hacia de día y entonces tu te morías. bellaCo pateaba las paredes y al instante siguiente amanecía.

Agh!

bellaCo tenía amiGos



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