Nux fulguris

(v) Tragedia

Mirisha lastimó su cabeza al caer del árbol. Sucedió en un instante. Repentinamente todo se había transformado.

Se levanto de un salto y corrió a ocultarse tras un arbusto.

Asustada, una ardilla siguió su ejemplo.

Con un estruendo, violentamente, rompiendo el mas dulce de los ensueños, el árbol se vino abajo.

Matando al arbusto. Golpeando a Mirisha.

(iv) Un consejo



Corre
echa a correr desesperadamente
no te detengas
corre

Pronto será de noche
escupirás sangre
tropezarás en tinieblas
corre sin detenerte

Sus voces son de angeles
te atrapan
confunden
corre y no escuches


(iii) El árbol


Parecía el más grande árbol que jamas había visto. Después de contemplarlo absorta, trepó a él decidida, con la agilidad de una lagartija acalorada. Su cuerpo delgado y ágil de cervatillo inquieto se enroscó en el rugoso tronco. Arriba, escondiendo sus rubores entre el intenso follaje, la esperaba el fruto original, rojo como sus labios, como la sangre en sus venas corriendo desbocada, hinchando su corazón en cada diástole, arrugándolo en cada sístole, inundando sus arterias para alimentar cada célula de su cuerpo con el preciado oxigeno que el árbol mismo le ofrecía. El árbol y ella: una sola sombra que bailaba entre el vaivén del sotobosque henchido.


Era justo el mediodía. Desde lo alto del árbol, por cada oquedad arrebujada entre las ramas, la luz totalmente vertical del sol fue lentamente bloqueada por la caída de una diminuta hoja, suave como ala de pájaro, la cual, después de posarse en el hombro de Mirisha, le susurró al oído:

- Soy yo quien trae la noche y la muerte arpía.



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