En otro tiempo, cuando aun era joven y solía ir por la vida sin meditar las cosas importantes ni hacer caso de lo que recomendaba el buen juicio, me fui de la casa. Recuerdo que entonces tenia demasiadas energías y todo el tiempo lo pasaba en las calles comiéndome el mundo a mordidas lujuriosas. Entonces me fui.
Subí al primer autobús que pasó en aquella tarde confusa y simplemente desaparecí. No recuerdo que nadie me aconsejara ni me invitara a irme. Solo es que sucedió. Me fuí durante tres meses. Y durante todo ese tiempo el mundo se convirtió en un flujo confuso de situaciones desesperadas que exprimieron de manera apremiante mi atención al punto de que no tuve tiempo de reflexionar (en realidad nunca en mi vida había reflexionado en lo que hacia) acerca del lugar en donde me encontraba ni de los motivos que me habían llevado ahí.
Era un aquelarre.
Tenia amigos que invitaban y que luego desaparecían. Tenia sueños donde alcanzaba las nubes y donde escapaba con los regalos. Nadie me alcanzaba. Desmadraba las ilusiones. Las profecías se cumplían. Las sonrisas se obsequiaban. Sin recompensas. Sin exigencias. Sin complicaciones.
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Un día desperté y estaba de vuelta en casa. Y nadie hizo preguntas. Y el mundo continuaba girando con esa ingenua y apacible peculiaridad cotidiana que el mundo tiene desde que es mundo y que nadie le puede negar ni discutir sin correr el riesgo de acabar atado en una cama de hospital con la cara babeante, derrotada y sin esperanza alguna.
(El jueves llovió todo el tiempo. Era de noche. Nos arrebujamos el uno contra el otro. Mirando las luces. Espectáculo. Soñamos que teníamos miedo. Éramos dibujos. Criaturas imposibles. Estábamos desnudos y abrazados mirando la tormenta. A nuestro alrededor la oscuridad. Imposible. La lluvia goteaba de nuestros cabellos. Los relámpagos. Los estruendos).
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Recuerdo que llovía. El cielo se desmoronaba incomprensible ante nuestros ojos asustados. Nuestros cabellos, mojados, goteaban. Estremeciéndose. Afuera, la oscuridad, el follaje. Las presencias.
Pasamos el día entero desatados. Fulgurantes. De pronto se hizo de noche. Sin anuncio. Sin remedio. Y comenzó esa lluvia infinita y desesperada.
Entonces corrimos a ocultarnos a nuestra cueva protectora. Los estruendos. La violencia. Relámpagos. Estábamos abrazados mirando, completamente asustados y maravillados, el espectáculo aquel de resplandores fulminantes.
Entonces éramos criaturas-proyecto abrazadas en medio del miedo y la estupefacción que los dioses infinitos provocaban con sus fiestas gloriosas de aquelarre y dominación.
Miles de años antes ya estábamos, justo como esa noche, abrazados, mirando el espectáculo.
En mi sueño tengo que acomodar los muebles de mi cuarto porque ya me canse de la manera en que están acomodados. Así que me pongo a estudiar mi cuarto y las muebles y las paredes de mi cuarto y descubro que una de las paredes esta descarapelada.
¡Alguien vive ahí!, pienso.
Al poner mas atención me doy cuenta que puede verse un cable en medio de la pequeña gruta que hay en mi pared. Y recorriendo el cable, con la mirada, veo que ahí dentro hay alimañas, animales muertos y en estado de descomposición, son roedores sin cabeza inflados ¡parecen capullos con vida adentro que dormitan y se preparan para RESUCITAR!
Decido que tengo que hacer un exorcismo de mi casa porque en sus paredes viven pequeños demonios malignos que dormitan acumulando energías para al final despertar y destruirme.