Es fin de año. De regalos quiero abrazos y fiestas interminables. Prometo no tomar mucho. Poco alcohol. Pocas drogas. Presumiré mis ropas lujosas. Mis zapatos relucientes. Me portaré bien y no echaré mucho desmadre.
Yo estaba ahí. Caminando nadamas. Realmente extraviado. Sin dirección alguna. Entonces la encontré.
…era la cálida inconsciencia de la vida donde te amanece temprano y ambos arrebujados y hechos nudo y mirándose a sus ojos enormes brillantes luminosos y llenos de amor y donde te hundes en la esencia y pasas horas enteras días enteros galaxias completas realmente enamorado porque todo es como mil realidades distintas todas abrumadoras y totalmente absorbentes cuando están en el centro comercial y cuando compran alimentos en las noches para mirar la televisión ambos juntos ahí o cuando recorren los pasillos de artesanías míticas de figuras pájaros animales coloridos y utensilios prehistóricos y hay libros y pan y bebidas energizantes y beben vasos de leche con panes calientes mientras en la televisión los conflictos de ficción les entretienen y afuera sopla el viento y se oyen pájaros desconocidos en el techo o luces como tormentas antiquísimas que les hacen tener miedo y abrazarse temerosos en medio de la noche mientras platican que antes eran animalillos abrazados en cuevas imposibles…
Sigo extraviado. Creo que tengo visiones. Sin dirección alguna. Apariciones que se disuelven. Que me besan. Que luego se alejan.
Hoy es un día súper soleado. Un claro y luminoso y encantador día súper soleado. Es 31 de octubre y podría manda a tomar por culo esta oficina aburrida para salirme a caminar las calidas calles festivas y llenas de sol donde los niños se visten de brujas y de calaveras motrices para andar a echar desmadre pidiendo ambiciosos regalos. Lo mejor de todo son los regalos generosos. Cuando tienes hambre y no tienes ni un puto peso en la bolsa y vas por la calle ensimismado planeando dominar al mundo y te encuentras un billete de tres mil doscientos cincuenta pesos tirado frente a ti y lo levantas y el billete aparece tan desenfadadamente flamante y tan brillante que te vuelves loco y sin olvidar lo que dice el manual agradeces al cielo por tan estupendo regalo antes de salir corriendo como demente hijodeputa a gastarlo en alimentos y comértelo entero mientras a tu alrededor la velocidad que ha instalado la emoción de un billete tan extremadamente grande desmadra a los semejantes y los oculta y te impide ¡gracias a dios! pensar en otra cosa que no sea tu infinita e inacabable y única manifestación mas inmediata: comerte al mundo a mordidas de perro.