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drogas

conectar desconectar, conectar desconectar, conectar, desconectar, conectar, desconectar, conectar des co nec tar co nec tar con con

independientemente de mi infinito desagrado a la sola idea, tengo que reconocer que la mayor parte del tiempo tengo miedo de acercarme al filo del abismo. aunque haga alardes de lo contrario. me aterra darme cuenta de que no tengo paracaídas, de que no podré salvarme, de que todas mis lecturas acerca del que en el momento exacto desapareceré para aparecer protegido en lugar seguro son solo eso, horribles alegorías, vacilantes miradas fugaces.

en el momento

independientemente de mi infinito desagrado a la sola idea, tengo que reconocer que la mayor parte del tiempo tengo miedo de acercarme al filo del abismo. aunque haga alardes de lo contrario. me aterra darme cuenta de que no tengo paracaídas, de que no podré salvarme, de que todas mis lecturas acerca del que en el momento exacto desapareceré para aparecer protegido en lugar seguro son alegres fantasías que me comen la cabeza de manera absurda y ridículamente dolorosa.

, vanas lecturas realizadas frente a las botellas de cerveza.

creo que invariablemente, la rueda de la

fortuna se ríe cruel de mis burdos intentos por aprender a agitar las alas, no tengo alas, debo alejar la grave y fantasiosa idea que ronda mi cabeza de manera insistente y molesta.

, vanas lecturas realizadas frente a las botellas de cerveza.

creo que invariablemente, la rueda de la

fortuna se ríe cruel de mis burdos intentos por aprender a agitar las alas, no tengo alas, debo alejar la grave y fantasiosa idea que ronda mi cabeza de manera insistente y molesta.

conectar, desconectar

Hoy me encontré con la ninfa desenfadada (la ficción)

La señora de las hamburguesas se parece a la viejita del rebozo de percal que me contaba historias cuando estaba chico. Tiene una sonrisa agradable y es muy amable: me pone chiles asados y me aparta servilletas. Yo le doy un mordisco a la hamburguesa haciendo una pausa porque a continuación lo que le voy a decir seguro la va a dejar sorprendida (la viejita del rebozo de percal me mira con sus ojitos apachurrados como pequeños y amorosos higos arrugados mientras murmura en la cálida ternura de un recuerdo lejano: cométela despacito, mijito, cométela despacito).

Ya nadamas le digo que mejor ya no voy a beber tanta pinche cerveza, porque al ultimo se queda prendida la pinche computadora y me quedo online en el mesenLLer y a las cinco de la mañana hace mucho frío ahí tirado en el puto piso, el sonido de los jodidos mensajes que llegan uno tras otro se meten en mi inconsciente etílico produciéndome cabronas pesadillas.

Pero seguro no me cree nada. Me alcanza otra hamburguesa.

Ya casi es medianoche pero aun no piensa irse todavía. En la calle sigue pasando gente como si fueran apenas las nueve de la noche. Yo tengo hambre y necesito hablar de lo que me acaba de pasar esta noche. Y las otras noches desde hace cerca de dos años. Siempre he pensado que si dices en voz alta las cosas que traes en la cabeza sucede una de dos cosas: o te complicas más la vida o te la resuelves. Esta claro que uno no puede ir por el mundo dándole voz a las tragedias y a las cuestiones hostiles: uno se calla la boca, aguanta vara, y se pone las putas pilas. Pero el tipo de situaciones que de cierta manera son obsesiones y proyectos inofensivos si que puedes sacarlos a flote: más si te invitan a una hamburguesa.

Me asombro cuando la señora amenaza:

Ahí imbeciles que anotan las contraseñas del correo electrónico en los papelitos perdidos de los escritorios, su fecha de nacimiento, el nombre de su mascota, sus apellidos tan simples. A mi por mi parte me la trae floja el tan conocido discurso ese sobre el derecho a la privacidad que tienen las personas, cuando encuentro el papelito, o al imbecil y su fecha de nacimiento. Me hago de tu cuenta de correo y me entero de tus malicias desvergonzadas.

Por eso no me importa que te emborraches tanto. Mientras no cambies la contraseña.

Visiones, recuerdos, y resfrío

El pasado fin de semana, desde el miércoles, me dio un resfrío, comencé a sentirme hecho polvo, con flujos nasales y sin energías para protestar. Trabajé y luego regrese a casa y llegó el viernes y luego el sábado. El viernes por la mañana me sentí mejor porque la noche anterior me había metido unas pastas fresas. Creí que comenzaría a componerme. Pero por la tarde comencé a estornudar. En la noche comenzaron las visiones.

El tipo de visiones resultado del resfrío (que me da casi cada año) es digamos, de manera rápida y sin explicaciones, inalcanzable. Digamos. Es una sensación de habitar el mundo, el mismo mundo donde pongo los pies, pero habitarlo hace seis años, o diez años, o quince, una sensación inalcanzable de recordar o estar a punto de recordar algo.

Trataré de explicarlo: ando por la calle agripado y enfermo y de pronto volteo y respiro, tomo aire y siento un sabor en la boca del estomago agridulce y es como si al instante siguiente fuera recordar algo o fuera a instalarme en un olvidado escenario anterior (un momento de mi vida que ya paso) que (siento) es cálido y confortable (porque me gustaba mucho estar ahí).

Es una sensación imposible de describir.

Es como estar sentado bajo un árbol mientras alrededor la luz del sol y la sombra arrulla con el viento el verde y el azul mientras el amarillo revolotea y se escuchan pájaros y también el sonido del mar adorna aquel recuerdo inalcanzable.

Pero también es como si recordara que el mundo es mío y puedo hacer con el lo que yo quiera y puedo subir desenfadado con mis palabras acertijos al escenario principal para devorar las risas y los aplausos y la admiración y los rostros deslumbrados y las risas y los cuentos de aventuras en medio de la fiesta aquella donde los alimentos no se escatiman y los abrazos y las devociones son cosa común en las reuniones y las celebraciones.

Pero solo es la sensación. La tengo casi cada media hora. Es de puta madre. El sábado por la noche termine mareado. Muy mareado.



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