bellaCo pateaba las paredes sin darse cuenta de lo que hacia. Transportado de furor. Al instante siguiente fue aplastado por una de las casonas, una de las mas grandes. Todavía salió enfadado de entre el polvo y las paredes deshechas. Pero pronto cambio de opinión. Los pedazos de casona, las piedras y tabiques, le rebotaban encima: eso era enfado. Le rebotaban como si hirvieran. Como pensamientos y obsesiones. Y las sillas. Ellas habían formado filas y escenarios, auditorios y celebraciones, ya no lloraban. Cuando bellaCo se dio cuenta de lo que había provocado corrió y corrió. Su enfado se había vuelto miedo, prisa genuina. Corrió durante tres mil años: aquel planeta dio tres mil vueltas sobre sí mismo como perro que quiere morderse la cola. En aquella carrera soñó que las sillas no estaban y que el no padecía; en el sueño no había casonas tampoco, ni paredes caídas ni tabiques rebotando.
Jadeante, sudoroso, tembloroso, sin respiración, cuando por fin se detuvo, el mundo se le echo encima. El mundo: el planeta. El mundo formado de sillas y casonas de tapias viejas. Se le echo encima y lo hizo mierda. Asfixiándole, enterrándole, deshaciéndole, triturándole, convenciéndole y azotándole. Por puto enfadoso le decían, por puto enfadoso repetían. Por puto enfadoso.
Luego amaneció.