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(ii de iv) Lula

La Lula de Agua: mira Cuco, nosotros vamos a buscar raíces, tu corre a ver si encuentras algún árbol a donde subir, o a ver si encuentras nueces, hongos, busca higos, si, busca higos. Trae lo que encuentres de todos modos.

No era seguro una bruja, pensaba Lula, no sabia como podía asegurar eso, pero sabia de cierto que no era una bruja. Tal vez era un espíritu del bosque, un espíritu árbol, o tal vez una de esas mágicas criaturas: silfo, salamandra, gnomo u ondina. Algo tenia que ser.

Y ese Cuco, no era tampoco, realmente, un pececito. En ese río su Papa pescaba diario. Y todos los peces que de allí salían, ella y su familia se los comían. Y nunca llevo su Papa a la casa a un chiquillo como Cuco para cocinarlo en el fogón. Cuco era, seguro, una ondina. Seguro, si, seguro.

Un ondino en todo caso.

Cuando Cuco apareció, cargaba un montón de hongos, un montón de higos, y también muchas nueces. Para comer los hongos encendieron una pequeña fogata. Asados estaban deliciosos. Las nueces Cuco dijo que las robo a las brujas. Según el, las brujas las entierran la víspera del solsticio de estío -apenas la noche anterior- y luego las comen en el festival del fuego que hacia la medianoche del día siguiente celebran con bailes y cantos.

Tal vez si Lula fuera un poco mas inquisitiva no hubiera tomado tan tranquila lo que hasta ese momento le estaba pasando explicándose el asunto con brujas y espíritus como si en un cuento de hadas estuviera atrapada. Se hubiera preguntado, de ser un poco mas curiosa, como era que su reflejo andaba allí, haciendo otras cosas que ella no hacia, como era que un chiquillo casi desnudo saliera del río así tan fácil al llamado de la Lula de Agua como si de algo común se tratara.

De cualquier manera, Lula estaba pensando en aclarar todo eso.

Sin embargo, en el fondo, había seguido a la Lula de Agua y a Cuco de una manera tan dócil y tan inmediata que parecía como si ellos fueran sus amigos de siempre y todos de acuerdo, después de divertirse, cansados de chapotear un rato en el río, se dispusieran a comer algo bajo la sombra de un árbol mientras platicaban como viejos amigos.

Ella

Soñaba con Ella porque no sabía hacer otra cosa. No sabía donde estaba. En las noches solía extraviarse preguntando a las sombras si acaso la habían visto. Su voz no tenia ecos. Las sombras nunca lo escuchaban. Invariablemente conseguían convencerle para que se quedara con ellas, le decían que llevara niños muertos, animales domésticos o galletas saladas. El nunca parecía cansarse. Soñaba con Ella y con días al descubierto. Como esos relatos fantásticos de la gente humilde para quien siempre es posible un final venturoso.

Pero Ella estaba muerta. Una noche llego a zarandearlo violentamente sacándolo del estupor en que se encontraba. No sueñes conmigo, le dijo. Le comió de un mordisco la lengua para que no protestara. Después se arrancó de golpe el vestido para que no quedaran dudas.

A todo volumen

Love Two Times de los Doors. Y que el mundo ruede.


Puto rocanrol sin más.



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