Nux fulguris

tenGo hamBreee

Como aquel sueño en donde estoy en un lugar colorido y muy de puta madre, donde primero eran unas calles del barrio. Después fue como si en los baldíos donde no había casas la gente hubiera construido pequeños recintos de madera con artesanías dentro y pinturas y eran espacios culturales con ese tipo de artefactos de exhibición como pinturas y pequeñas obras de arte. Todo muy colorido y tal. Después todo se metamorfoseo y se convirtió lentamente, y al mismo tiempo con el vértigo del sueño, en una pequeña ciudad con calles angostas y casas todas coloridas donde había pequeños restaurantes y lugares para comer y todo era de puta madre porque se trataba de un pueblo muy cálido y tranquilo y lleno de luz y sol y color y gente amable sirviéndote de comer

Entonces nos detuvimos en un lugar donde vendían comida justo en la calle y el lugar estaba lleno de gente. Entonces en la superficie donde cocinaban la comida, una enorme, al principio era chica, una enorme, digo, plancha de metal, caliente llena de comida en ese lugar ponían a cocinar una suerte de ratas gordas y chistosas.

Pero eran como unos animalillos peludos y de ojos chicos, como rasgados y dientes pequeños pero salidos y eran unas ratas gordas así como infladas, pero no se si lo que las inflaba era el calor de la plancha de metal y recuerdo que de primero las ratas gordas eran peludas pero cuando ya estaban perfectamente cocinadas las ratas gordas ya no tenían pelo.

Y un detalle perfectamente chingón y glorioso, digo yo, era cuando las ratas gordas (las ponían vivas arriba de la plancha de metal) se comenzaban a cocinar. Porque lentamente se dejaban poner arriba de la plancha y al instante siguiente los señores que las cocinaban ponían un ¡zapato!, un zapato de verano arriba de la plancha, pero no era como un zapato aunque en el sueño a mi me parecía un zapato, era así como un pan con forma de zapato de verano abierto y fresco y el pan estaba también cocinándose y poniéndose negrito y crujiente y calentándose arriba de la plancha de metal y cuando la rata gorda se comenzaba a morir y a cocinarse y quedaba como suculento platillo, digo, la rata gorda se metía al zapato y se cocinaba por completo.

Entonces te la servían en unos platos verdes muy chingones que tenían jeroglíficos y pesaban poCo.

Platicamos y todo fue de puta madre

Cuando era niño nunca me rompí un hueso. Una vez me agarraron un piedrazo en la ceja arriba del ojo y me salió mucha sangre. Me llevaron a una casa a limpiarme y ponerme remedios y limpiarme el cochinero. Aquella vez llore mucho. Otra vez me agarre a chingadazos con el Tomason, un capullo bajo el sol demasiado hijo de puta. Bueno, me rompió la madre sin demasiado esfuerzo. Es que desde entonces yo estaba en coma. Después nos hicimos amigos.

Pienso en el dinero que gastaría si me rompiera un hueso. Las radiografías para saber cual hueso se rompió. Las inyecciones. Las visitas al medico. Ya de mas verraco me rompí el hueso del omoplato y pase mas de un mes en el hospital.

Es que me arroje desde un quinto piso.

A veces cuando parece que todo esta mas oscuro y las cosas no tienen sentido y todo se vuelve en tu contra y escupe y palpita con odio reconcentrado, digo, entonces resulta que vas y quedas en coma un mes en el hospital y no puedes ni levantar la mano para mandar a chingar a su madre a todo mundo y decir que te dejen en paz, que si te tiraste al abismo y sigues con vida fue precisamente porque la búsqueda de respuestas es una agobiante inútil incoherente patética imbécil ilusa elaborada y desgastante tarea de idiotas.

De nubes recuerdos y demonios ladrones

Cuando era más increíblemente inocente y pensaba que algo allá “afuera” nos cuidaba y protegía solía entretenerme con muchas cosas. Y me sorprendía por lo que veía. Entonces me gustaba voltear al cielo para descubrir las diminutas avionetas volando mas arriba de las nubes mismas, más aun más arriba, y soltando con una lentitud deliciosa un rastro-cola-de-nube que dividía el azul del cielo durante toda la mañana.

Ahora ya no pasan esas avionetas. Y no que ya no crea en que algo allá “afuera” nos cuida y nos protege y por eso ya no volteo la cabeza al cielo. Que por más que volteo nunca he vuelto a ver una avioneta de esas. Lo juro.

Solamente vi, hace tres días, y por eso escribo esto, una nube, ¡no!, un rastro-cola-de-nube todo ya deformado por las corrientes de aire de las regiones etéreas, quiero decir de más arriba de las mismísimas nubes.

Inmediatamente busque la avioneta pedorra en todo el cielo. Pero no encontré nada.

Luego, pensándolo bien, mirando el rastro-cola-de-nube mientras caminaba, la cabeza al cielo, como pendejo, rumbo a mi jaula, digo, se me ocurrió que dado y las avionetas pedorras ya NO existen (hace miles de años no veo una, luego entonces: NO existen) entonces algo, otra cosa, había dejado ese rastro-cola-de-nube.

¿Pero qué?

Pensé que un demonio la había hecho, una de esas criaturas que nadie puede ver, que brinca aquí, brinca allá, echa desmadre, te roba el alma disfrazado en la cálida sonrisa de la casual compañera de viaje arriba de ese colectivo y al instante siguiente vuela arrebatado dejando tras de si una nube esplendorosa mágica y mortal donde tu alma va pegando alaridos mientras tu has quedado en puta coma sin darte cuenta de que el colectivo de mierda ha llegado a destino y debes bajar ya, ahora, el operador te mira con enfado, baja del puto colectivo, muchacho, ¡baja ya!



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