Decía mi prima: para qué te metes en problemas. Ten paciencia, agregaba, cuando saltaba como necio, las palabras atropelladas, los ojos desenfocados, al final del camino te esperan con garrotes llenos de clavos. Tiene razón. Para qué jactarse de inteligencia si a las primeras de cambio metes las manos al fuego. Nadie ha preparado la fiesta. Todo lo que escuchas son voces melosas en el horizonte salado caliente e hinchado.
Apuras el trago mientras asientes sabiamente.
(Por otra parte, que falso e hijodeputa es el mundo)
No se por dónde empezar. Me siento como si todo estuviera en ruinas y mi tarea inmediata fuera reconstruir la casa que me han asignado. Sacar las piedras más grandes. Cargándolas. Barrer el piso destruido. Levantar las paredes. Los cristales rotos. Una por una. Piedra por piedra. Arreglar el techo deshecho. Las habitaciones. La instalación eléctrica. Componer la pintura descarapelada. Dejar de nuevo la casa como si fuera un palacio.
Un jodido y fulgurante palacio.
El problema es que mi mente divaga con frecuencia. No se enfoca en lo importante. Parezco borracho mirando el cielo. Y los pensamientos vagan sin rumbo en mi cabeza.
La lucidez viene a mi como en sacudidas. Y tengo que aprovechar esos momentos. Aferrarme a ellos. Porque son como sueños que se me olvidan. Tablas de salvación. Me hundo en el infinito, agobiante y profundo mar de todos los días.