Nux fulguris

Categoría Textos

Belinda (i)

Es una historia pero por partes. Partes chiCas. ^____^

El lugar esta en el metro insurgentes, a dos calles, salimos a la glorieta y la atravesamos, pasamos entre la gente que llena el lugar, los rebecos escatos, los miserables en las bancas, una mujer sola, pasamos el café internet y nos dirigimos a la salida hacia la avenida.

Antes la estuve esperando en el metro sevilla. Pero llego puntual, cinco minutos después. Digo, cinco minutos después no es nada, sobre todo cuando has esperado semanas para encontrarte con ella. Hay quien puede desesperarse y arruinar una tarde, un día entero o una noche de fin de semana. Yo no. Me he vuelto paciente y temeroso de lo Inevitable. Mejor me dejo ir y espero.

Ahora estamos uno frente al otro. Comiendo y diciendo cosas, mirando la gente a través de los cristales y tomando coca. Yo nada más escucho, acabo de prender un cigarro: eso esta mal, siempre me mareo con los jodidos cigarros, es una lesión cerebral supongo, pero ahí voy, necio y apático al buen comportamiento.

Ella esta haciendo planes para irse a Tijuana, a trabajar allá. Quiere irse ya pero ahora no esta sola: tiene al niño y eso lo cambia todo. De estar sola ya se hubiera ido a tomar por culo sin pensarlo demasiado. Ahora tiene que ahorrar para llevarse al niño y tiene que buscar como hacerle para conseguir una muchacha que lo cuide. Tiene que buscar a alguien dispuesta.

Me cuenta todo eso mientras se come el pan que le han traído. Ella es bonita que te mueres. Hace un rato, mientras la esperaba en el metro a que saliera del trabajo, pensé que se lavaría la cara se recogería el cabello y me encontraría con una Belinda demasiado simple. Pero me equivoco, siempre me equivoco: soy un capullo despistado adolescente y temeroso de lo que su-ce-de-rá. Ahora que platica y dice cosas la observo, su boca limpia, sus labios, sus ojos de luz, ¡maldita sea!, digo, se lavo la cara y tiene el cabello recogido. Pero de simple nada. Lo que mas me gusta de ella es su trasero. Me muero. No lo puedo ver pero pienso todo esto mientras ella dice que se ira y que eso será pronto. Ahora le he llamado a la mesera, Belinda quiere coca.

La luz del sol

Que de nuevo escribí una aventura.
Ya saben, las dudas, las responDo cuanTo anTeS ^____^

Era un tiradero. Un jodido tiradero que los hizo pensar en echarse para atrás. Necesitarían mil años para arreglar todo aquello. El polvo. La basura. Aquel antiquísimo escombro salido seguro del infierno mismo.

Ni siquiera la luz del sol podía penetrar todo aquel lío. Discutieron la posibilidad de romper los vidrios, negros como el culo de un gato, para que el día les echara una mano, además, ella tenia miedo de las alimañas. Estaba tan oscuro ahí dentro que seguramente algo les arrancaría un dedo al intentar sacar el primer cajón, la silla rota, una botella vacía. Antes de empezar pusieron algo de música, la grabadora a todo volumen, justo a la entrada de aquella vieja casa. Comenzaron a bailar. Ella lo hizo en el pasillo de entrada, aprovechando los rayos del sol que entraban aquélla mañana iluminada. Pateo la puerta y rompió algunas botellas.

Después de 5 minutos los vecinos se habían acercado. Al verlos, el dejo de bailar. Ahí parado, justo frente a la puerta de entrada, sudoroso y sin aliento, sonrió a su desconcertado publico.

—Ya le hablamos a la policía —dijo una voz
—¡Vístase cabrón! —gritó otra
El soltó la cadena de Güicho y grito:

—¡Échateles!
cuando todos hubieron desaparecido y Güicho dejaba de ladrar en el límite del pequeño jardín con la calle ya desierta, el aulló:
—¡Solo estamos asustando a los bichos!

Comenzaron a vaciar la casa hablando en voz alta. Habían quitado la música pero querían hacer ruido para alejar los animales peligrosos. Güicho se había echado nuevamente al sol.

Había muchas cajas de cartón, botellas vacías, el cascaron de una televisión, un montón de tablas que seguro habían sido librero, libros por todos lados, viejos y aburridos, rotos, con palabras incompletas y frases tachadas. Ella encontró entre aquellos libros un álbum de fotografías pero le daba asco mirar. El descubrió dentro de una caja ropa interior de mujer. Pero nada de eso les iba a dar el dinero suficiente para comprar vidrios nuevos. Decidieron dejar las ventanas en paz, no tenían mucho dinero. Y aunque no veían nada, el ruido que habían hecho y que estaban haciendo les tranquilizaba lo suficiente. Descubrieron tres cucarachas encima de una silla rota cuando la sacaron al jardín, pero no estaba tan grandes ni tan feas ni tan asquerosas como lo habían imaginado.

Ella:
Quisiera que la luz se metiera en todos los rincones como si fuera humo, que iluminara todo alrededor para no tener que hacer tanto ruido, para dejar de hablar un poco y mirar sin miedo las cosas que toco, para no mover los ojos en medio de esta oscuridad como si estuviera loca buscando algo que no puedo ver, para encontrar mis propias manos en esta oscuridad irritante, saber en donde me encuentro y calmarme un poco.

El:
Rompería las ventanas sin pensar en nada si pudiéramos encontrar algo de valor en medio de este sucio desorden. Rompería las ventanas y tiraría las paredes para que todo aquí dentro desapareciera y deje de preocuparme. Lo haría de cualquier manera. Porque aquí dentro solo hay polvo y viejos objetos que a nadie interesan, basura y trebejos todo roto e inutilizado y lleno de mierda y abandono ¡No hay nada de valor aquí dentro!

Cuando llego la policía estaban mareados. Se dieron cuenta por los ladridos de Güicho. Entonces salieron de la casa como niños extraviados de una cueva en el bosque. Ahí estaban los vecinos, una patrulla, dos policías y mucha, mucha más gente curiosa. Ante semejante multitud Güicho solamente podía ladrar, sin atreverse a arrojarse sobre ellos para coger entre sus dientes la mano, el pie, o la cabeza del primer insolente que se le pusiera enfrente, sobre todo porque en un primer instante, cuando todos ellos llegaron de golpe sorprendiéndolo en su canino ensueño y el corrió despejando su pereza y lentitud con escandalosos ladridos uno de los policías grito con voz ronca y violenta parando aquella su carrera alocada:

—¡eitale! ¡sht! ¡Quieto, quieto perro cabrón! ¡Sht sht!

Esto de alguna manera le aviso a Güicho que se lo tomara con calma, que no se dejara ir tan recio porque quizás ese maldito policía estuviera loco y entonces sacando la pistola le tiraría unos pinches balazos que acaso le lastimarían seriamente al pobre. Mejor guau guau, si, desde aquí, lejecitos, quietos ahí cabrones, guau guau, nadie se mueva, si, si, guau guau, mendigos, guau guau.

—¡Amarre a su perro! —gritó un policía
—¡Guarde su pistola! —grito el, poniéndose la camisa y llamándole a Güicho
—¿Qué están haciendo? —pregunto el policía con voz ruda
—Están robando la casa —grito uno de los mirones
Ella se había sentado afuera de la puerta de entrada mirando todo aquello con una mezcla de estupefacción y aburrimiento.
—Estamos trabajando ¿qué no ve? —dijo el
—Nos reportaron que una pandilla de vagos estaban saqueando esta casa ¿cuántos son ustedes? ¿quiénes son? —dijo el policía
Güicho comenzó a ladrar, uno de los mirones había pasado de la calle al jardín y miraba impúdicamente como ella se había sentado con las piernas cruzadas
—Sálgase de ahí —grito el, y dijo— esta casa es nuestra, la estamos limpiando porque ya estaba muy cochina, es nuestra y no estamos robando nada, estaba abandonada pero hemos regresado, la estamos limpiando porque es nuestra.
—¡Cálmese! —dijo el policía— ¿y el escándalo que se traían?
—¿Qué con el? Esta casa es nuestra —respondió el
—¡Viciosos! —grito una voz
—¡Rateros! —grito otra
—¡Vístanse mendigos! —remato una más
El se volvió a donde Güicho estaba amarrado, la gente reculo espantada
—Cállate Güicho —dijo el
—Deténgalos policía —pidió uno de los mirones, vecino quizá.
Pero el policía se había desanimado. Ellos estaban en su casa.
—¡A ver a ver! —dijo— dispérsense señores dispérsense, y volviéndose agregó— y ustedes, dejen de hacer tanto escándalo

Las voces de aquella pequeña multitud se dejaron escuchar pero los policías ya estaban subiendo a la patrulla. Cuando arrancaron el corrió a soltar a Guicho y gritó:

—¡ÉCHATELES!

Cuando la calle quedo desierta y Güicho dejaba de ladrar ellos subieron al volumen y a ritmo de techno comenzaron a saltar. Ya casi habían vaciado la casa, ahora les quedaba coger escobas y sacar toda la basura y el polvo de aquel lugar. El cogió unas botellas vacías y en pleno clímax techno las arrojo contra las ventanas. Un gran escándalo. De inmediato la luz del sol ilumino todo aquello. Ya no tenían miedo. Los vidrios, después lo resolverían. Lo inmediato era bailar, hacer escándalo y dejarse ir como dos bestias enfermas en pleno ataque rabioso.

Una cálida noche de fin de año

Ahora preparados que me escribi una aventura de la vida real ^____^
Si tienen preguntas despues de leerlo envienlas por correo :D

Aquella era una noche tranquila, después del intenso calor de la mañana y tarde un ligero vientecillo de lo mas agradable había llegado a instalarse en la atmósfera refrescando las iluminadas calles. Pase la tarde en el tictactoc socializando con mis cuates del sur de la ciudad, un grupo de malvivientes amigos de cantina. Cuando nos despedíamos en avenida universidad note que las cinco cervezas que había tomado producían un ligero mareo harto placentero. Como soy el único que vive por Chapultepec tuve que caminar al eje 7 sur para subir al colectivo. Carajo, aunque siempre he seguido la misma ruta para llegar a casa, aquella tarde-que-se-convertía-en-noche debí pensarlo dos veces; que digo, aquel día ni siquiera debí haber salido del departamento.

La cosa estuvo así: detenido por el semáforo el microbus estaba en la esquina, un vehículo normal, típico, urbano y peligroso. Por cierto. Había lugar hasta el fondo. Fue cuestión de subir para que la luz verde permitiera el paso. Advertí entonces que el operador —si les dices chofer se ofenden y te madrean, me comentaron una vez los malvivientes aquellos— lucia un tanto extraño, excitado o algo-así; se veía raro. Estaba, porque manejaba como loco; ora enfrenaba bruscamente, ora aceleraba rebasando a otros coches, ora daba vueltas a toda velocidad.

El trayecto corría del metro zapata al metro mixcoac por avenida extremadura a esas horas con poco transito: aunque había gran cantidad de coches, estos se deslizaban con relativa velocidad.

A las dos calles una señora de boca fruncida accionó el timbre de bajada, entonces el operador, presumiendo sus habilidades mágicas, disminuyó la velocidad, aceleró haciendo brincar a los pasajeros, se metió en el camino de un viejo ford, y derrapando, hizo parada en la esquina. La señora, con un dios mío en la boca, bajo toda pálida y apresurada rogando al altísimo que al operador no se le ocurriera arrancar llevándosela como trapo viejo.

Yo miraba todo con un acusado deseo masoquista de que sucediera una desgracia: cosas como que atropelláramos a un cristiano (o a cualquier pendejo que se duerme en los cruceros) o que la vieja parlanchina —que a continuación describiré— golpeara al operador.

Era una señora alta grande y muy vieja que parecía la más enfadosa abuela sobre la tierra (ugh), vestía como pordiosera y usaba unos viejos tenis de tela que había recogido seguramente de un bote de basura. Primero dijo, huy ya parecemos ganado bájele un poco a su música cálmese que no llevo prisa y me callo la bocota chingado argonauta parapléjico del cerebro al volante bruto con licencia para chocar pinche loco que nosta en un autodromo vago salvaje carnicero pendejo animal y puto. Pero el reporte de trafico de radio universal que pronto dio paso a Whole Lotta Love de Led Zeppelín, ahogaba los chillidos de lo que parecía la abuelita de pedro infante en los tres garcía. Después, y como el operador ignoraba toda forma de vida ajena a el, la cabecita blanca comenzó a quejarse con el señor que sentado a su lado miraba con una palidez espectral el tumulto de imágenes que arrojaba la ventana sobre el. Oiga usted el peligro que estamos corriendo este señor esta loco no se como le permiten manejar un microbús y de una patrulla ni sus luces claro si le están dando y duro hay dios mío salvaje se fijo casi chocamos santa maría del recóndito refugio protégenos.

Y no obstante, el operador obedecía todos los semáforos y cuando un pasajero no soportaba el terror y pedía la bajada el operador con sus audaces maniobras se arrimaba a la acera para que la gente huyera despavorida dejando atrás claxonazos y mentadas de madre.

Después de nueve calles sentí que las cinco cervezas se convertían en ocho caguamas y una solera porque un nefasto mareo amenazaba con desbocarse en forma de vomito y me hacia arrepentirme de todos mis pecados y rogar a todo el panteón de santos y santas cristianos para que me ayudaran en semejante trance. Pero todo era en vano porque los plañidos infernales de Rober Plant parecían excitar al operador haciéndolo correr más y más.

El compañero de doña sara garcía, un calvo oficinista, a ojos vistas, decidió que era suficiente y exigió con voz chillona que la velocidad disminuyera y que la música acabara. Por fin, el operador decidió atender el temor y la anarquía que a sus espaldas había estado tomando forma. Bajo el volumen y dijo:

—¡¿Qué?!
—No enfrene tanto —dijo sarita—, que lastima al pasaje

Pero el operador no la escuchaba porque miraba al oficinista con franco rencor como diciendo: que pinche pendejo si no te gusto bájate y toma un taxi. Quise que el calvo expresara, ahora que la música no estaba, su desacuerdo con la violenta manera de transportar gente del operador, pero de la manera mas cobarde —¡culero!— desvió la mirada y se hizo el desentendido.

Después de fulminarlo con la mirada, el operador volvió a subir el volumen de la música y se concentro de nuevo en aquella odisea que el mismo Ulises hubiera envidiado.

A lo mejor ese pinche operador estaba stoned.

En el radio el remolino final de aullidos ledzepellinescos daba una sensación de sueño-que-se-transforma-en-pesadilla-a-toda-velocidad. La gente, agarrada con sus veinte uñas y con los ojos abiertos al máximo, veia pasar con una rapidez impresionante, las luces de coches y comercios.

Y luego, al pasar cocinas delher el microbús pego con un sonido estremecedor la defensa de un último modelo que trataba de rebasar. Cogí aire, lo necesitaba, el mareo persistía y la sensación de vomito se incrementaba, pensé en los tacos, las cervezas, lo tranquilo que estaba en el ticatactoc; pensé en comprarme un coche.

Hasta entonces, y con el impacto al último modelo, la vieja y el calvo se callaron. El operador acelero escapando rápidamente y dejando tras de si odio y rencor en los automovilistas.

Todo era velocidad y rocanrol: después de Whole Lotta Love radio universal puso ¡Not to touch the earth! de los Doors y el operador acelero ¡aun más! y todos nos agarramos con mas fuerza y volamos por todo extremadura bajo la luz de la luna de una gloriosa noche de noviembre ¡que viaje!

You won’t know a thing till you get inside, vocifero Morrison cuando una patrulla apareció en la lejanía con una sirena rompiendo la magia del viaje y las luces rojas y azules dando un aspecto de fiesta a la calle llena de coches.

La cabecita blanca comenzó el concierto de gritos e interrumpió al rey lagarto cuando este aullaba: c’mon along we’re not going very far!

—Hay por favor deténgase, déjeme bajar, que bárbaro, no sea malo me estoy enfermando me estoy poniendo mal me voy a desmayar.
—Cálmese señora cálmese ya pronto pasara ¡deténgase por favor que la señora se esta desmayando!
—¡Párese párese por favor!
—¡Hay bruto!
—¡Dios mío!
—¡Salvaje!
—¡Puto!

El microbús brincaba, daba vueltas, enfrenaba, aceleraba, otra vez brincaba, golpeaba a los autos violentamente y no se detenía; cada vez iba mas rápido.

A pocos metros de distancia, la patrulla exigió al operador que se detuviera mientras ordenaba a los demás autos que se apartaran: ¡hay les va la que los trajo al mundo!, gritaban. Un patrullero asomo medio cuerpo por la ventanilla y apunto con un arma al operador. Aun estaban muy lejos pero pensé que dispararían a las llantas.

Con un ¡PRAAAUM! John Densmore recibió el solo de guitarra al que se unió el órgano psicodélico de Manzarek.

En ese momento la patrulla se emparejaba al microbús.

—¡Párate hijo de la chingada! —aulló el patrullero apuntando a la cabeza hueca-pero-llena-de-telarañas del operador.

Sorpresivamente, con una imprudencia, un salvajismo, una estupidez solo vista en los cinepolis de la ciudad, el patrullero disparó fallando solo por centímetros.

BANG, CRASH, PUM, CUIC, POC, ZOC, se escuchó, el disparo, la ventana, la cabeza del calvo. BANG BANG.

Demasiado para la dulce y venerable anciana que se desmayo y rodó entre los asientos. Saltamos todos hacia delante cuando el vehículo freno bruscamente. El calvo cayo junto a la vieja. Yo estaba en la orilla del asiento con las manos soldadas al tubo escuchando y viendo la esquizofrenia de la situación.

El patrullero se había vuelto loco porque seguía disparando, como enfermo insano e hijo de puta, al microbús que, por la inercia, seguía avanzando sin detenerse. El operador había quedado hecho caca contra el volante.

Todo mundo gritaba y escandalizaba haciendo de la escena un infierno donde Jim Morrison llevaba la voz cantante al aullar: wake up girl, we’re almost home! Yo lo escuchaba todo en medio de un ataque de risa que me hacia vomitar los tacos dorados del tictactoc.

Las carcajadas no terminaban.



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