El mundo de todos los días es un pájaro dormido en el nido más inalcanzable del árbol infinito. Sueña que encuentra alimentos enterrados cuando picotea en las oquedades y entre las hojas secas. En el cielo las nubes escriben acertijos y los resuelven soltando chubascos y relámpagos de juego. Se escapa el silencio, con sus alas de fuego. Se escapa entre los cabellos, como río que baja, entre las piedras, redondas, frescas, dolorosas.
Despierta.
En el sueño estaba leyendo un libro. A veces sueño que vuelo por los cielos. A veces que me dicen frases. O que me regalan dinero. Pero esta vez estaba soñando que leía un libro. Después soñé mas cosas: como que aparecía un helicóptero en el cielo y yo pensaba que era una nave de otro planeta. Pero lo que no se me olvida es que leía un libro. Bueno, no lo leía completo, solamente leía las dos primeras páginas del libro.
El libro lo había escrito un viejo que frecuentaba las casas de putas de la ciudad en la década de los cuarentas: México DF la capital hace más de sesenta años. El viejo conocía a todas las habituales y era su amigo. Conocía también a los casuales y los arrabales.
Me aprendí de memoria las dos primeras páginas del libro ese y al despertar estaba totalmente vuelto loco: necesitaba encontrar un cuaderno donde escribir aquella historia que había leído en el puto sueño demente aquel.
Ahora necesito escribir esa historia aquí. En el blog. Ya han pasado casi siete días.
Llueve. Uno tiene que ponerse el traje de villano y comprender que atrás no hay nada más. Córtame el cabello. Cuéntame de tus vestidos de caramelo donde sonríes esperanzada. Hoy he salido ocultando el cuerpo a la lluvia porque necesitaba alimentos. Estoy ahíto. Recuerdo cuando me abrazaste y dormiste protegida. Tengo que ser demonio.
Soñé que tenía libros de aventuras. Aprendí las historias lejanas y las memorice ambicioso. Después me dijeron acertijos, palabras mágicas. Pero no me dejabas escuchar con tu respiración de ensueño.
Después seguí durmiendo. Dime cual es el punto de no retorno para morirme de risa y seguir adelante. Estaban los viejos compadres. Rostros desconocidos.
Pero no tenía frío.