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drogas

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independientemente de mi infinito desagrado a la sola idea, tengo que reconocer que la mayor parte del tiempo tengo miedo de acercarme al filo del abismo. aunque haga alardes de lo contrario. me aterra darme cuenta de que no tengo paracaídas, de que no podré salvarme, de que todas mis lecturas acerca del que en el momento exacto desapareceré para aparecer protegido en lugar seguro son solo eso, horribles alegorías, vacilantes miradas fugaces.

en el momento

independientemente de mi infinito desagrado a la sola idea, tengo que reconocer que la mayor parte del tiempo tengo miedo de acercarme al filo del abismo. aunque haga alardes de lo contrario. me aterra darme cuenta de que no tengo paracaídas, de que no podré salvarme, de que todas mis lecturas acerca del que en el momento exacto desapareceré para aparecer protegido en lugar seguro son alegres fantasías que me comen la cabeza de manera absurda y ridículamente dolorosa.

, vanas lecturas realizadas frente a las botellas de cerveza.

creo que invariablemente, la rueda de la

fortuna se ríe cruel de mis burdos intentos por aprender a agitar las alas, no tengo alas, debo alejar la grave y fantasiosa idea que ronda mi cabeza de manera insistente y molesta.

, vanas lecturas realizadas frente a las botellas de cerveza.

creo que invariablemente, la rueda de la

fortuna se ríe cruel de mis burdos intentos por aprender a agitar las alas, no tengo alas, debo alejar la grave y fantasiosa idea que ronda mi cabeza de manera insistente y molesta.

conectar, desconectar

Despertar

Tenía un sueño donde estaba sintiendo una gran soledad. Desperté y dije “pero aquí esta Ella, no puedo estar solo”. Fue como el sueño anterior donde ella estaba a punto de caer en un abismo y yo no la podía sujetar porque estaba muy lejos (yo) y ella se balanceaba peligrosamente y creía (yo) que al final caería y la perdería y fue entonces cuando desperté y ella estaba ahí conmigo y me dije “no te preocupes, ella no se va a caer porque esta aquí dormida a tu lado y no pasa nada solo estabas soñando”.

Después desperté y salí a la calle estaba aun oscura, no eran ni siquiera las seis de la mañana y solo tenia mi pantalón negro y mi camiseta y un desayuno en la bolsa y el cielo estaba nublado, estaba oscuro pero se veían nubes presagiosas sobre mi y me llegue al sitio de taxis y subí y arrancamos todo Miguel Ángel de Quevedo y luego dimos vuelta y atravesamos las calles viejas de Coyoacan y llegamos a los Viveros y no había gente en las calles frías y desoladas y gélidas y por fin llegamos a la estación del metro y aunque hacia frío y yo iba casi desnudo me eche a caminar con mi respiración de gato sintiéndome vivo y relajado y despejado y de ninguna manera preocupado por el escalofriante día que apenas empezaba, inicio de semana, y ahí se iban los recuerdos calidos donde estábamos juntos y de la mano por los centros comerciales y haciendo el súper y bebiendo cafés en los lugares iluminados y baje, digo, del taxi y estaba vivo pero cuando llegue al anden subterráneo esperando al tren en medio de toda la gente, sin quererlo, como si ellos me lo transmitieran, me infectaran, me ensuciaran, me hicieran olvidar lo que sentía allá arriba (vivo es la palabra), de pronto, sentí hambre y frío y me dije: son esta panda de tarados civilizados y esta pendeja idea del mundo que me dice “si ellos están arropados y somnolientos con sus caras pendejas de desaliento y aburrimiento rumbo al trabajo entonces tu debes sentirte igual” y entonces sentí frío y hambre y el dolor en el estomago me hizo vomitar y me dio un ataque y me convulsione y me fui contra la pared y al final me desmaye en medio del anden, sin esperanza, preparado para una semana de trabajo que empezaba nublada y agobiosa.

Y tal.

El chingón de los caBos

Cuando fui a trabajar a Los Cabos todas las noches me emborrachaba en el hotel. Tiraba líneas de código durante el día y cuando llegaba al hotel a las 7 de la noche me daba un baño y me salía a la terracita y pedía cerveza y me emborrachaba mientras chateaba en la portátil y miraba a las mujeres en la alberca. Lo mejor de todo es que hacia mucho calor. Me dormía desnudo y el calor se llevaba la resaca: amanecía feliz porque no estaba ni el dolor de cabeza ni la ansiedad ni tampoco ese tipo de sensación de vacío y negra desesperanza cuando la noche anterior te has bebido mas de nueve cervezas.

Cabo San Lucas y el Chingon de Los Cabos
Los Cabos, sa foto me la robe de internet

La primera noche casi no me emborrache, me salí a las calles y me llegue a la playa que estaba desolada porque recién había pasado un huracán y las olas relamían los destrozos de arena y basura en la playa destruida. Otra vez me fui a donde estaba La Acción, bebí mucha cerveza pero como no conocía las costumbres de aquellos lejanos lugares me mantuve reservado y como digamos, al acecho, gato precavido y tal. Un fin de semana los colegas de allá me invitaron al Tour del Aquellarre. Eso fue un día antes de regresarme. Cuando desperté estaba tirado en la playa, lleno de arena y con chichones en la cabeza, escupía sangre pero casi no estaba mareado. Me descubrí felizmente hecho polvo y sin rastro alguno de la odiosa resaca que en aquellos lugares NO EXISTE. Dios bendiga Los Cabos.



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