Pero no le hice caso. Nada más me sonreí y lo deje. A la siguiente
vuelta se oculto detrás de uno de esos árboles morados. Y no me importó un carajo.
Digo, cuando no voy de egoísta voy de complaciente hijo de puta. Y aunque
nunca pude hacer nada, es verdad, necesito dejar de tomar tanta cerveza
oscura como orines de gato viejo, digo, aunque nunca nada pasaba cuando el
reflejo sonriente aparecía, de cualquier manera yo siempre estaba ahí.
Atento y sofisticado. Realmente hecho polvo y tal. Pero siempre ahí. Como
un mono demasiado adiestrado y egocéntrico fake.
Eres un puto egoísta farsante ciego y sordo a lo esencial, decía con su
voz arrancada y brusca mientras se sonreía y me miraba de lejos. Yo ganaba
porque no se podía acercar a decírmelo frente a frente. Y solo movía la
boca y decía en susurro, muy elocuente susurro, eso si, para que yo
entendiera desde la lejanía. Tenia suerte. Que si hubiera podido acercarse
lo suficiente me agarra a manazos en la cara.
Cogería la mano de la huesuda y se la besaría respetuosamente. Aquí
estoy tilica, soy todo tuyo, diría apresurado, cagándome de miedo, pero
fresco, gandalla y desbordado. De ese modo, estoy seguro, ella seria buena
conmigo. Me ahorraría el espanto, el terror, las visiones salvajes.
Respondiendo de la misma manera, me llevaría a echar un vistazo a esas
cosas tan increíbles que ella conoce tan bien. Me platicaría de
interesantísimos asuntos, de trucos fáciles para hurtar el cuerpo a la
arpía de voz-alarido que nos instala en el frío eterno. Al final, cuando
ya no quede tiempo, un beso de fuego le robaría antes de sentir pedazos
los huesos y destrozada mi jodida idea del mundo.
