La ultima vez que fume cigarrillos quede mareado todo el día. Prometí no volver a las andadas y tiré la caja de cigarrillos a la basura. No me gusta cuando me doy cuenta de que acabo de cagarla. Por una parte soy un cabrón afortunado. Por la otra me desanimo porque tengo que esperar a que se me pasen los efectos. Y aunque en el mundo de todos los días siempre hago alarde de paciencia y estoicismo, se de cierto que mientras escriba en este blog nadie se apresurara demasiado a reclamarme mis berrinches y desenfados.

Fumar cigarrillos es una putada. No volveré a coger un desgraciado cigarrillo aunque me vaya la vida. Tener adicciones es como maldecir en voz baja: nadie se da cuenta del daño que te haces a ti mismo hasta que te llevan al psiquiátrico con chichones y rajaduras.
La próxima vez estaré preparado.
Yo estaba ahí. Caminando nadamas. Realmente extraviado. Sin dirección alguna. Entonces la encontré.
…era la cálida inconsciencia de la vida donde te amanece temprano y ambos arrebujados y hechos nudo y mirándose a sus ojos enormes brillantes luminosos y llenos de amor y donde te hundes en la esencia y pasas horas enteras días enteros galaxias completas realmente enamorado porque todo es como mil realidades distintas todas abrumadoras y totalmente absorbentes cuando están en el centro comercial y cuando compran alimentos en las noches para mirar la televisión ambos juntos ahí o cuando recorren los pasillos de artesanías míticas de figuras pájaros animales coloridos y utensilios prehistóricos y hay libros y pan y bebidas energizantes y beben vasos de leche con panes calientes mientras en la televisión los conflictos de ficción les entretienen y afuera sopla el viento y se oyen pájaros desconocidos en el techo o luces como tormentas antiquísimas que les hacen tener miedo y abrazarse temerosos en medio de la noche mientras platican que antes eran animalillos abrazados en cuevas imposibles…
Sigo extraviado. Creo que tengo visiones. Sin dirección alguna. Apariciones que se disuelven. Que me besan. Que luego se alejan.
Qué raro me siento. Acabo de regresar de comer y estoy sentado frente a la computadora. La luz entra violenta a través del ventanal y no le importa que tenga el protector de luz completamente extendido. Hace calor. No puedo concentrarme en nada. Estoy enfermo. Tengo una sensación de mareo que no se aleja ni un instante, quiero irme de lado. Estoy terriblemente cansado. Me duele la cabeza, un dolor indefinible que me resulta imposible ubicar, concretar. Tengo sueño. La sensación es igual a montarse en las sillas voladoras y levantar los brazos todo el tiempo. O pasar la noche entera fumando cigarrillos sin filtro frente al monitor escribiendo malignos textos que se muerden la cola sin llegar nunca a ningún lado. Como emborracharse con alcohol barato mientras las putas pasean presuntuosas con sus tacones y sus risas desenfadadas, el brillo interesado en sus ojos desesperados, las muñecas desnudas, las uñas de gata peligrosa, el olor a cama sucia, sexo desbordado. Puta. Seguramente el desayuno por la mañana se me revolvió insensato y necesito ir al baño a provocarme el vomito para sacarlo todo. Expulsarlo fuera de mi cuerpo para componer (arreglar) el mundo y dejar de ver las visiones estúpidas innecesarias y falsas que me saltan encima al menor descuido: un estallido en la calle, un resplandor de fuego, el fin del mundo, “voy a tener un encuentro súper importante”.