El demonio, ese Estúpido Insolente, no podía seguir adelante. También se había lastimado. En el ultimo momento salte de aquel quinto piso como hizo el vejete alcohólico en aquélla vieja película de demonios y letanías. Salte con el Viejo Maestro dentro, confiando en que, por fin, de el me escaparía. Al despertar, una semana después, lo descubrí ahí tirado, en carne y hueso, a mi lado, con todo el esqueleto golpeado, en la más mugrienta cama del más miserable y apestoso hospital de la ciudad. Hacia días que había despertado y, al verme resucitar, casi se levanta alborozado. Tenia encantados a todos. No paraba de hablar de cómo se lo montaba el y de cómo nos lo pasaríamos todos ahora que nos aliviáramos, de puta madre, siempre decía.
Al tercer día ya se había cansado el de hablar, ellos de escucharlo, y solo esperaba poder largarse de ahí lo más pronto posible por lo que constantemente me preguntaba que cómo me sentía, que si ya estaba mejor y que me apresurara a aliviarme.
Jodeputa.
Llovía entonces y deje de hacer lo que hacia para mirar hacia arriba, hacia el techo de laminas. Fui a por una cubeta naranja para recoger el agua de la más grande gotera. Luego seguí con la cabeza hacia arriba. Me tape los oídos. El sonido era agobiante. Los destape. Los tape de nuevo. Mirando las laminas que temblaban y sudaban gotas frías, mirando las goteras como chillidos lastimeros entonces sucedió.
Deje el juego de tapar y destapar los oídos para escucharlo mejor. Era un lamento, un lamento. Era un jodido lamento que se escuchaba con el escándalo de los granizos y las laminas. Pensé que me estaba dejando ir. Mire a mi alrededor para saber si solo YO lo había escuchado. Nadie pareció advertirlo. Mire las laminas y ahí estaba: ¡el puto lamento de la tormenta!
Era como un aullido muy cabrón, un aullido como entre piedras, como si arrastraran a alguien por un camino pedregoso y ese alguien estuviera siendo violentado con las piedras del camino y entonces al escuchar ese lamento me imaginaba sangre escurriendo por las piedras y el camino estaba encharcado y negro y lleno de piedras filosas y no se podía ver con detalle porque las piedras saltaban y la sangre y el agua y los putos granizos como piedras gigantes caían escurriendo goterones y haciendo un escándalo de su puta madre mientras el aullido se soltaba.
Comencé a asustarme de verdad. Me iba a poner a chillar cuando lo escucharon por fin ¡Era la puta vecina de a lado que estaba gritando! Asustada por la feroz lluvia y completamente sola en la casa de a lado, había decidido ponerse a dar aullidos de terror contra la lluvia que a cada segundo caía mas fuerte y la tenia en estado de animal asustado y casi muerto.