Me dijo: qué te debo que no me hablas, te debo algo, por qué no me hablas, ándaTe dime, dime por qué no me hablas. Y se sonreía y extendía los brazos todos y ahí estaba con la luz en los ojos y apresurada y feliz y aunque era de noche todo era luminoso y festivo, un puto mes de octubre y tal y casi me empujaba el hombro al decir qué te debo dime por qué no me hablas por qué… y yo me sonreía tambien y estaba feliz y le decía si, pero de qué vas por qué dices, ándate dime de qué vas, por qué dices, si yo estoy aquí y tu estas allá y solo esperando el momento, dime por qué dices, ándaTe dime.
Y el “eres una pinche tramposa? haba quedado atrás y los dos putos meses y medio definitivamente habían pasado. Y ella se sonreía y yo me sonreía y aunque todo el puto mundo me diGa que deje de pensar en el pendejo ?amor ? pues que no me importa y que yo estoy a tope hecho boLas y en realidad confuso que te cagas pero yo no la suelTo ni la solTaré y ya pueDe el puTo mundo dar Tres mil vuelTas sobre si mismO como peRRo pendejo que quiere morderse la coLa pero que yo estaré ahí, aferrado a la eSencia y a Ella y no la quiero solTar ni la solTaré porque Ella es la puTa luz y la Verdad y ya y sin eLLa soy un puTo espeCTro chiLLon y deleZnaBle.
Ni pedo, aL caRajo todo lo demás.
Y ya.
Cuando estaba Claudia íbamos a comer todas las tardes, casi todas, aprovechando la hora de la comida. Me iba hasta su trabajo y nos veíamos. Platicábamos de cosas y pedíamos pollo, sopa de tortillas y luego ate, nos gustaba el ate. Luego el fin de semana pasábamos las tardes juntos platicando mientras ella lavaba ropa o yo limpiaba el departamento, mas tarde salíamos a comer, pollo de nuevo, al centro histórico. No salíamos del centro histórico. Comíamos en Isabel la católica (la calle) y caminábamos por san Ildefonso, nos llegábamos hasta tepito mirando los puestos ambulantes. Mucha gente. Nos gustaba meternos al cineclub de san Ildefonso donde daban películas en blanco y negro, vimos varias de tin-tan y otras del cine mexicano, una donde hay muchos camiones y el chofer echa desmadre en la línea de autobuses transportando gente y peleándose con sus compadres.
Caminábamos por circunvalación y nos llegábamos atrás del palacio nacional por las calles viejas llenas de gritones vendedores, un día compre un súper reloj por cien pesos muy chingón que tenia correas azules muy elegantes, era un reloj fino que me vendió un ambulante. Nos gustaba ir por esas calles porque veíamos las casas antiguas y casi derrumbándose donde vive la gente feliz que corretea en las calles ganándose la vida, por donde esta la academia de San Carlos y el Claustro de la merced.

Un dia tuve un sueño donde vamos recorriendo esas calles y en todo nuestro alrededor vemos ruinas antiguas de civilizaciones desaparecidas, como pirámides y grandes construcciones de ídolos y dioses.
Cuando pasábamos a lado del templo mayor y veíamos las ruinas de las antiguas pirámides que los sabios del país escarbaron en 1970 justo a lado de la catedral nos lo pensábamos mejor y concluíamos que en todas las construcciones del centro histórico es de seguro y de cierto que hay, debajo de ellas, mil pirámides construcciones antiguas y toda una civilización enterrada sobre la que a diario caminamos y no podemos ver.
Otro día Claudia me contó de un sueño diferente que tenia donde vamos caminando por la calle de Moneda y esta oscuro porque es de noche y entonces decía que vamos caminando y a nuestra izquierda el palacio nacional y a nuestra derecha las casonas antiguas y es de noche pero todo se ve muy claro, las casas y la calle, y caminamos en dirección al zócalo…
“y entonces nos acercamos al zócalo lentamente y no hace frío aunque es de noche, y la oscuridad aparece matizada por la iluminación de las casonas y la iluminación de la catedral y de todo el zócalo tambien y entonces llegamos al zócalo y todo esta despejado y no hay gente y nos acostamos sobre la plancha del zócalo mirando hacia el cielo que esta negro nos acostamos mirando hacia el cielo negro azulado y de pronto empiezan a salir luces en el cielo son como fuegos luminosos de explosiones lejanas y todo es hermoso porque el cielo se nos caen encima mientras estamos acostados en la plancha del zócalo y se nos cae como una lluvia estridente de luces y chispas alegres e inofensivas”

Es la calle de moneda. Si caminas derecho llegas al zocalo.
Con Claudia todo era de sueños y recuerdos y platicas todo el tiempo e historias jaladas de los cabellos como cuando le quedaban basurillas en los dientes porque abría con la boca los dulces del niño y eran de colores y cuando hablaba le decía mírate como andas y nos reíamos mucho.
Y así siempre, mientras caminábamos recorriendo la ciudad entera, el centro histórico sobre todo, México D.F., la capital.
Luego Ella se fue.
Y ya.

Es el zocalo y hay luces porque es de noche.
Y ya, digo, que anoche acaba de regresar, justo anoche, lunes y tal, y todo fue de puta madre, como siempre, y tu qué, y tu qué, y tu qué, me decía, y yo, ah, no te pases, por qué dices.
Y asi siempre.
Fua!
Pero habíamos quedado desde una semana antes. Así que no me esforcé mucho en verla los días anteriores, llenos de gente y ocupaciones y preocupaciones vanas groseras pueriles y un poco necias. Solo eche un poco más de desmadre comiendo por las tardes en aquella cocina con ventanales y una televisión donde la gente se arrebujaba ora en las mesas llenas de comida humeante ora en los ventanales para ver la televisión y la manera en que todos comíamos como cerdos buenos, inofensivos y trabajadores. En aquel lugar la gente era asidua de la televisión asidua de la comida y asidua de las de las conversaciones en cafés al aire libre donde íbamos a meternos despues de comer y decir, intercambiar opiniones acerca de las muchachas ellas deliciosas que veíamos pasar por los ventanales esos transparentes y demasiado solidarios con esta curiosidad que tiene uno dentro de las venas tatuada con hierro candente y que nunca se podrá quitar ni caso tiene luchar contra ella y lo mejor es dejarse ir, el flujo, el ritmo ese con el que ellas caminan y platican entre risas y disparates.
Entonces cuando se hizo de noche y el fin de semana se volvió real y ahí estábamos todos juntos listos a mandar a tomar por culo los agobios y las necedades me escabullí para poder encontrarla. Las luces de la gitana y la música llenaban el callejón ese donde quedamos de vernos. Había borrachos alrededor y miserables en las rejas, luces aun pues los faroles iluminaban las calles y la señora vendiendo tamales y atole ya había llegado.
Ella estaba platicando ahí, esperando a que apareciera. Siguió platicando como si no me hubiera visto y todo fuera como demasiado ajeno y sin interés, con sus pantalones azules y un suéter ligero, su cabello a los hombros, demasiado alta y deliciosa como para describirla con minuciosidad, un entrañable demonio lleno de energía que me sonreía de lejos y hacia gestos diciendo espera espera, con una voz cálida amistosa y que murmuraba espera espera, siempre, espera espera, diciendo solo con la luz en los ojos de lejos en una comunicación por sobre todos que nadie entendía pero que en realidad era perfecta, no había mas, espera espera, tu mono enfadoso apresurado y desesperado, espera espera, siempre si, espera espera.
Hubiera entrado a tomar cerveza a la gitana y esperar a que apareciera. Sonaba rocanrol y el desmadre apenas había comenzado ahí dentro, con las platicas por sobre la música y el grupo de rocanrol montándoselo por su parte. Pero era mejor mil veces el aire de la noche despejada en medio de las luces y del callejón aquel.