Cuando era chico me andaba enfermando de la fiebre reumática y un doctor me recetó unas inyecciones que cuando me las ponían dolían que te mueres y me dejaban la pierna paralizada al punto de que no podía caminar bien solo como perro un cojo que le hubieran agarrado a patadas en el huesito de la pata.
Lo que si es cierto es que aparte de los dolores de inyecciones y tal, las rodillas siempre me dolieron desde que había nacido. Creo que cuando aun estaba en la nata primigenia las rodillas ya me dolían.
Fuimos con varios doctores y siempre era la misma roña: al principio me mandaban a hacer exámenes médicos y ahí ves al pobre nuececiLLo en potencia poniéndose para que le sacaran sangre. Me sacaban tanta sangre que invariablemente me desmayaba en los regresos arriba del metro o en el colectivo cuando regresaba de la mano de mama. Entonces me daban a beber jarros de agua para que se compensara.
Un día, uno de esos alcohólicos decidió que la fiebre reumática se iba a quitar si me extirpaban las amígdalas.
Y que me las extirpan.
Hoy llegue temprano a tocar la puerta donde trabajo y me respondió la misma voz de siempre: son burbujas de jabón que te resbalan enfadosas.
Después me dejó entrar.
Trabaje nueve horas seguidas.
Cuando salí había oscurecido. La primera puta había llegado y me sonreía amistosa. Estaba en la esquina aun desolada con su sonrisa impermeable y su piel perfumada.
Ya era de noche.
Es fin de año. De regalos quiero abrazos y fiestas interminables. Prometo no tomar mucho. Poco alcohol. Pocas drogas. Presumiré mis ropas lujosas. Mis zapatos relucientes. Me portaré bien y no echaré mucho desmadre.