Todo esta bien aquí. No te preocupes por nada. Trabaja mucho y diviértete. Pasea esas calles llenas de gente y compra regalos para Sofía. Yo pase dormido todo el día esperando comerme el mundo la semana entera, con mis proyectos y con mis líos. Ya quiero que sea sábado para que regreses y vayamos donde sirven esos platos de comida tan deliciosa que tanto nos gustan.
Cuídate y echa mucho desmadre.
B.
Unas veces resulta que llueve todo el tiempo y pasas el día entero bajo chubascos helados corriendo por tu vida sin recordar de veras las cosas más importantes y en realidad esenciales.
Otras veces no. Recuerdas que fuiste con A a comprar un naranjo para sembrarlo en el jardín de la casa. Estaban en Xochimilco donde venden todo tipo de plantas y flores y árboles y pequeños arbustos y de adorno y de fiesta y sorpresa. Compraron pequeñas plantas de frutillas picantes y cargaron todo para llevarlo al coche con los zapatos llenos de lodo salpicando en los charcos de mediodía. Una rana saltó sorprendida. Comieron alimentos preparados mientras echaban risas y hacían planes de bailes festivos y de aquelarre.
Era un día soleado y era de mañana. Vieron pequeñas plantas devora-insectos y casas de juego que parecían antiguas construcciones.
Quiero que siempre sea fin de semana para no despertarme temprano (¡maldito trabajo!) y mejor arrebujarme entre tus brazos de ensueño. Me muero.
Y te amo.
A veces sucede que te ofrecen el paraíso desmadrando tu visión con regalos deliciosos y prometiendo vida eterna y delicias infinitas. No ha nacido quien rechace, inconsciente y con desenfado (el gesto presuntuoso y arrogante), los golosos bocados del festín soñado. Me anticiparé y me dejaré de rodeos (puedo ver sus sonrisas escépticas): el diablo andaba suelto desmadrando almas descuidadas. Tres brujas hijas de puta me buscaban ¿Quién se anima a interceder por mi alma escapiza? Pediré cervezas y bailaré la noche entera. Que las fiestas complicadas se sucedan allá afuera. Yo estoy contigo. Ahora abrázame con tu risa de oro y tus ojos iluminados. El negro toca el violín bailando en aquelarre mientras la orquesta, con sus instrumentos antiquísimos, se desata cantando para nosotros mientras nos morimos de risa en la pista de baile. Tus ojos iluminan mi vida.
No quiero que me sueltes.