Soñaba que volaba a lejanos lugares. Dias soleados. Conversaciones excéntricas. Mis zapatos brillantes y tu y yo riendo en las bancas del paseo primaveral bajo aquellos benditos arboles de ensueño. Tu lamentando el dolor de tus pies cansados y las largas caminatas. Yo grabando tus risas en mi mente y apurandote a seguir ¡Los días tan cortos! ¡La vida! ¡El deseo de seguir adelante! Comíamos en las esquinas, a la orilla del mar, entre la gente apurada, en las calles llenas de gritos, los vendedores de basurillas gritando palabras desconocidas. Había plazas y multitudes. Iglesias monumentales. Antiguos cementerios. Cantinas. Putas en las calles. Museos deslumbrantes. Hacíamos el amor. A mediodía. A medianoche. En los cuartos de hotel. En las iglesias antiguas. Detrás de los edificios. Arriba de los autobuses. En el subterráneo. Con las luces prendidas. Y la televisión nos mostraba brindando con copas rebosantes, bebidas cristalinas conmigo arrodillado en lo alto de la torre jurando amor eterno. El día infinito sobre nosotros.
Y la luz, la luz del mundo rodeandolo todo.
Entiendo que voy a estar aquí durante un poco mas de tiempo. Si esto lo hubiera sabido hace diez años creo que no hubiera padecido tanto. Supongo que la comprensión no es lo mio. Voy atrasado con mucho. Sin esperanza alguna, digamos.
Prometo que seré bueno, recuerdo decir. Aprender a quedarse callado. Convocar las visiones. Las lineas de la mano. El rastro de las nubes. El color de los ojos.
Pero basta de necedades. Imperioso, el grito de mi madre me manda callar. Toma regalos, lápices de colores, cuadernos deslumbrantes, escribe. Deja de preguntar estupideces.
Soy un perro viejo y gordo que espera en la puerta.
Solo me queda escribir.
Veamos.