Decía mi prima: para qué te metes en problemas. Ten paciencia, agregaba, cuando saltaba como necio, las palabras atropelladas, los ojos desenfocados, al final del camino te esperan con garrotes llenos de clavos. Tiene razón. Para qué jactarse de inteligencia si a las primeras de cambio metes las manos al fuego. Nadie ha preparado la fiesta. Todo lo que escuchas son voces melosas en el horizonte salado caliente e hinchado.
Apuras el trago mientras asientes sabiamente.
(Por otra parte, que falso e hijodeputa es el mundo)
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