No se por dónde empezar. Me siento como si todo estuviera en ruinas y mi tarea inmediata fuera reconstruir la casa que me han asignado. Sacar las piedras más grandes. Cargándolas. Barrer el piso destruido. Levantar las paredes. Los cristales rotos. Una por una. Piedra por piedra. Arreglar el techo deshecho. Las habitaciones. La instalación eléctrica. Componer la pintura descarapelada. Dejar de nuevo la casa como si fuera un palacio.
Un jodido y fulgurante palacio.
El problema es que mi mente divaga con frecuencia. No se enfoca en lo importante. Parezco borracho mirando el cielo. Y los pensamientos vagan sin rumbo en mi cabeza.
La lucidez viene a mi como en sacudidas. Y tengo que aprovechar esos momentos. Aferrarme a ellos. Porque son como sueños que se me olvidan. Tablas de salvación. Me hundo en el infinito, agobiante y profundo mar de todos los días.