Han pasado 45 minutos y sigo mirando la jodida televisión. Falsamente ensimismado en la boxeadora y su muerte inminente, anticipada, como en el libro ese. Putos pretextos. Justo ahora tengo necesidad infinita de ponerme de pie. Levantarme. Un odioso cigarro. La puerta. El gato. Cualquier cosa.
Basta.
O me pongo las pilas o cancelo el viaje de resurrección. Visiones fulgurantes. Adiós la malicia. Los días estivales. A la mierda los planes odiosos. Cancelo mi boleto festivo.
Hace años me había propuesto transcribir un texto extraviado que encontré (Jack Kerouac), antes de tirarme del quinto piso (aquella nefasta década de los noventa), en una horrible revista pseudoliteraria. Desde entonces lo he dejado. Primero las drogas. Después la salvación. Todo se ha atravesado. Ahora la apatía. La necia y estupida idea vacía que habita en mi odiosa e hijadeputa cabeza hecha mierda que tira desesperada en cuanto sale el sol buscando la gloria.

He dicho basta.
Sea este el primer post de no-se-cuantos donde transcribo (copia-ultraje) la traducción de Los Orígenes de la Generación Beat (vía José Vicente Anaya) aparecida en la revista Generación del bimestre Agosto–Septiembre de 1997 que no he podido encontrar (la traducción) en toda la jodida e infinita Internet de los huevos.
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Lo que voy a decir será, necesariamente, acerca de mi mismo. Siempre me salgo de mi mismo.
Aquella tonta fotografía que me tomaron y apareció en la portada de En el camino, fue de cuando yo había bajado de vivir, completamente solo, durante dos meses en una altísima montaña. Y por supuesto que yo estaba acostumbrado a peinarme, sobre todo porque tenia que pedir aventones en la carretera, y porque me gusta que las chavas me miren y piensen que soy un hombre y no una bestia salvaje. Mi amigo Gregory Corso se abrió su camiseta y saco una cadena con un crucifijo de plata y me dijo: “Ponte esto; úsalo por fuera de tu camisa, ¡y no te peines!” Así pase unos días vagando por San Francisco, acompañado por Gregory Corso y otros amigos como el; en fiestas, salas de arte, cualquier lado, sesiones de jazz, cantinas, lecturas de poesía, templos; caminando y hablando de la poesía en las calles (y en algún lado una extraña pandilla de pistoleros enloqueció y dijo: “Que derecho tiene el de usar ese crucifijo?” Y mi pandilla de músicos y poetas les dijeron que se calmaran).

(mañana la continuación)…
Por la tarde tenia hambre. Caminé dos calles a buscar dinero. Me acerqué a buscar comida. En el cielo atisbos de lluvia. En la calle el trafico interminable. Fumé un cigarro. Mis sombra se disolvía entre pensamientos fugaces. Quise que fuera fin de semana. El estomago me dolía. Escapar. Mis visiones son pantallas opacas. Quedan gritos. Aullidos idiotas.
Retazos de nube. El viento sobre mi cara. Escapar ahíto. Me habían prometido el paraíso. Ninfas simpáticas. Desnudas. Las puertas abiertas. Delicias eternas.
La ciudad esta oscura. Tengo que regresar a casa. Se me han terminado los cigarros.
Ahora escupo sangre.
