Acabo de pedir un americano a mi asistente. Empezaré a temblar. A teclear insensato. Estaré alerta y desesperado. Sin sueño. Sin paz. Angustiado por terminar el trabajo. Es fin de semana y no quiero dejar ningún cabo suelto. No quiero que en mi ausencia se suelten las lonas y el frío y la lluvia desmadren el escenario. Mi escenario. Me ha tomado bastante tiempo construir esta ficción y no quiero que un simple descuido se lleve, los rostros impávidos, los arreglos y las decoraciones. Habitamos los espacios alegres, los palacios, los pasillos, presuntuosos, de la feria iluminada, con sus caras de risa, blancas y coloridas, los ojos siempre felices, los chistes al vuelo, las historias fantásticas, los relatos que te enredan, llenándote de sonrisas, las miradas, divertidas, voluptuosas, seductoras, amorosas.
Asi que, aunque me lleve la vida, el sistema nervioso deshecho, la función tiene que, como dicen los merolicos de feria, voces a medianoche, continuar, aun cuando, se termine el mundo y el corazón se detenga.
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