Nux fulguris

Olvidos promesas y cambio

Dicen los que saben que cuatro años escribiendo un blog es mucho. Otros más fruncen el ceño minimizándolo todo. Yo comprendo que cuatro años son como cuatro semanas o como cuatro vidas enteras: es cuestión de perspectiva. En todo caso, el asunto de los blogs no tiene, con mucho, demasiada importancia. A menos que seas un frenético egocentrista. Lo que a mi me molesta es que el impuesto a los cigarrillos haya aumentado 160%.

Hasta hace poco tiempo, unos meses a la fecha, estuve pensando que el asunto de los blogs “ya fue”, que la novedad y el espíritu inicial habían desaparecido y que la blogsfera entera, en la actualidad, estaba llena de Algo que No Me Gustaba radicalmente distinto a Lo Que Me Habían Prometido. Entonces estuve rondando la idea de cerrar este blog y cerrar fulguris y dejar por la paz un asunto que, a ojos vistas, había degenerado en una horrible masturbación mental (que hace tanto tanto tiempo, ya por ahí se incubaba) (pero que ahora se prostituye con insidiosa ofensiva y mentirosa publicidad tipo viagra light).

Nunca he sido catastrofista ni pendenciero: me la trae floja el Plan B. Simplemente dejé de leer blogs. Bajé el ritmo de Nueces. Dejé de imaginar mundos complicados oníricos y de fantasía para escribir historias y tal. Dejé de visitar a l@s colegas virtuales, l@s que quedan, en sus blogs coloridos.

Y casi olvido que el día de hoy, 19 de diciembre, este blog cumple cuatro años.

¿Dije que no iba tomar más tragos?

En los barrios de Mexico DF, la capital, las fiestas de diciembre empiezan el doce de diciembre con lo festejos a la virgen de Guadalupe, después, el 16, empiezan las posadas.

(Era tanta la algarabía y el relajo que decidí tomar un trago. Supongo que había pasado demasiados días portándome bien. Fue cuestión de empinar la botella para comenzar a marearme. Luego comencé a bailar. Sin darme cuenta pedí más tragos. Eran las once de la noche cuando alguien dijo, “ese ya ni puede bailar mas”. Lo siguiente que recuerdo es que el cielo estallaba en explosiones lejanas. Explosiones luminosas. Cohetes. Yo despertaba, estaba en mi cama completamente borracho, mientras escuchaba que los mariachis cantaban las mañanitas y luego cielito lindo. Las explosiones continuaban y yo me quería levantar. Pero no podía. El cielo estallaba con explosiones festivas iluminando todo alrededor mientras los mariachis seguían y seguían en mi cabeza alcohólica, despistada, somnolienta y echa polvo).

Marichi

Mariachi

Hoy por la mañana subí al taxi para llegar al trabajo. Estaba mareado. Temprano, al abrir los ojos, la luz del sol entraba por la ventana, yo necesitaba un trago de cerveza, y el enfadoso despertador sonaba desesperado para que despertara. Pero ya había despertado. Entre a la regadera.

En la calle llegue al sitio de taxis y subí. El taxista me platicaba que este año no hicieron festejos al altar de la virgen del sitio porque nadie se puso de acuerdo. Estaba enfadado y me miraba por el retrovisor. Dijo que la cooperación fue voluntaria y que nadie tuvo la voluntad de nada. Tan solo tocaba de ciento cincuenta pesos, maldijo. Y comprendí que hubiera sido de puta madre que los pinches taxistas se hubieran puesto de acuerdo. En el sitio de Miguel Ángel de Quevedo y Pacifico. Con los mariachis a medianoche, a mitad de la calle, tocando a todo y aullando “Ajuua!”, con los taxistas empinando las botellas de cerveza e invitando a los casuales. Que ganas me dieron que hubieran hecho fiesta. El taxista me contó que solo habría una misa en el altar de la virgen. Al mediodía. Pero que el año que entra obligarían a todo mundo a cooperar para hacer un gran festejo. “Como merece la patroncita”, dijo.

Todo

Tengo hambre. Tengo tanta hambre que me muero. Un día me comeré un dedo entero. Por la mañana despierto y me bebo un vaso de leche, si tengo suerte encuentro un pan. Antes de llegar al edificio redondo compro un tamal de verde y un atole de arroz. Pero una hora después el estomago me anda zumbando. Me aguanto hasta que es la una y media por la tarde. Me largo a buscar alimento. El de los tacos, que es colega, me saluda feliz porque sabe que le pido ocho tacos. Me alcanza el primero y me pregunta cosas inofensivas. Pero cuando empiezo a responderle decide pasar de mi: es la hora de la comida y miles de personas comienzan a llegar. Cuando termino mis ocho tacos echo a caminar de vuelta al edificio redondo. Por momentos se me olvida.



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