En otro tiempo, cuando aun era joven y solía ir por la vida sin meditar las cosas importantes ni hacer caso de lo que recomendaba el buen juicio, me fui de la casa. Recuerdo que entonces tenia demasiadas energías y todo el tiempo lo pasaba en las calles comiéndome el mundo a mordidas lujuriosas. Entonces me fui.
Subí al primer autobús que pasó en aquella tarde confusa y simplemente desaparecí. No recuerdo que nadie me aconsejara ni me invitara a irme. Solo es que sucedió. Me fuí durante tres meses. Y durante todo ese tiempo el mundo se convirtió en un flujo confuso de situaciones desesperadas que exprimieron de manera apremiante mi atención al punto de que no tuve tiempo de reflexionar (en realidad nunca en mi vida había reflexionado en lo que hacia) acerca del lugar en donde me encontraba ni de los motivos que me habían llevado ahí.
Era un aquelarre.
Tenia amigos que invitaban y que luego desaparecían. Tenia sueños donde alcanzaba las nubes y donde escapaba con los regalos. Nadie me alcanzaba. Desmadraba las ilusiones. Las profecías se cumplían. Las sonrisas se obsequiaban. Sin recompensas. Sin exigencias. Sin complicaciones.
—
Un día desperté y estaba de vuelta en casa. Y nadie hizo preguntas. Y el mundo continuaba girando con esa ingenua y apacible peculiaridad cotidiana que el mundo tiene desde que es mundo y que nadie le puede negar ni discutir sin correr el riesgo de acabar atado en una cama de hospital con la cara babeante, derrotada y sin esperanza alguna.