Por mas temprano que intente llegar ella ya estaba ahí. Pero apenas había llegado. Lo supe porque la vi a lo lejos en medio del pasillo volteando desorientada mientras el tren se alejaba. Casi no había gente. Hola, dijimos al mismo tiempo. Ella tenia pelusillas en los cabellos. Salimos a la calle a sentarnos en una banca frente a la avenida Juárez. Platicamos un montón de cosas. Le conté todo lo que me había pasado durante los últimos meses, los lugares en donde estuve, y todo lo que hice. Le dije que la extrañaba y que la quería mucho. Ella sonreía al escucharme. Me contó que había estado bien. Que las cosas no andaban mal y que no me preocupara. Luego dijo que también me quería. Quise besarla pero solo dije: tengo muchas ganas de abrazarte. Nos abrazamos como reconociéndonos después de una eternidad separados. Le sacudí las pelusillas y me contó que había estado soñando conmigo. Se hacia tarde. Fuimos a comer frente al metropolitan. Comimos como huérfanos. Tomamos refrescos de sabores. Gracias, le dijimos al mesero al dejarle propina. Nos gusto mucho la música que sonaba en aquel lugar. Casi nos paramos a bailar. De no haber estado tan hambrientos quizá lo hubiéramos hecho. En la calle llegamos hasta reforma mirando los puestos ambulantes con sus luces y colores. Estaba oscureciendo. Ella insistió que le comprara una pulsera tejida. Comimos manzanas de dulce. En un colectivo el chofer olvido cobrarnos. Atareado en una ridícula competencia con una vieja camioneta, furioso, no dejaba de maldecir su suerte. Fue en la parte de atrás, mirando las luces multicolores que adornaban los árboles de aquella avenida, que por fin pudimos besarnos. En la glorieta de la palmera el chofer había dejado atrás a su terco compañero. Accionamos el timbre de bajada y un instante después bajamos apresurados temerosos y excitados riendo sin detenernos antes de que el chofer arrancara desesperado mirando como su viejo camarada lo rebasaba. Nos hubiéramos metido al cine pero la función había comenzado. Nos sentamos a ver a la gente casi junto al vendedor de libros viejos que enfrente del cine se pone. Quise comprar un libro de Kerouac pero valía una fortuna, además, ella me dijo que aquel libro ya lo había leído. Me lo platico pero cada segundo se interrumpía porque en aquel lugar pasaba gente muy chistosa y no podíamos dejar de voltear a verla. Cuando nos cansamos echamos a caminar rumbo al bosque de Chapultepec. Frente al teatro del seguro social ella se negó a seguir. La lleve a cuestas casi hasta la entrada del bosque. Un par de viejitos, del tipo que puedes encontrar los sábados en la ciudadela bailando danzón, nos miraron divertidos, la viejita, con un curioso sombrero azul-oscuro le pidió a su encorvada pareja llevarla en brazos “como ese par de locos muchachitos”. No se nos hizo ver semejante proeza. De cualquier manera, casi habíamos llegado. Ahora, la luna iluminaba la avenida, los autos, los árboles y su rostro de una forma bastante peculiar. Nos abrazamos. A ella le brillaban los ojos. Supongo que a mi también. No podíamos dejar de vernos. El vehículo estaba ahí. Era hora de despedirnos. Ella prometió no olvidarme. Nos despedimos con un beso. Luego ella subió y a través de la ventana agito la mano. Mire el colectivo perderse en el bosque, sobre aquella avenida.