Pero Ella estaba muerta. Una noche llego a zarandearlo violentamente sacándolo del estupor en que se encontraba. No sueñes conmigo, le dijo. Le comió de un mordisco la lengua para que no protestara. Después se arrancó de golpe el vestido para que no quedaran dudas.

Puto rocanrol sin más.

A esta niña, llamada Lula, le gustaba pasar el mediodía cerca del río. A esa hora había mucha luz. Mas luz que en otros momentos del día. Y le gustaba mirarse en las orillas del río donde, en algunas partes, el agua límpida que bajaba de las montañas, atravesando el bosque, formaba tranquilos remansos. Ella prefería el mediodía porque con toda esa luz, en todo alrededor, el espejo del río era diáfano y veraz y decía todo y no mentiras y nada mas; de manera que a veces (en realidad frecuentemente) se quedaba impávida, allí sentada, solo mirando su reflejo en el agua.

Así pues, resulta que en una ocasión Lula conversaba totalmente transportada frente a su imagen en el río. Era un día esplendoroso como todos los días en esas colinas lo eran y pronto sucedió lo que Lula nunca hubiera esperado. Mientras Lula hablaba, de pronto, la imagen del río, ella misma, la interrumpió, al parecer harta de tanta palabrería y le dijo: sácame de aquí, ¡sácame!, ya estoy cansada de mirar tu rostro contra el cielo, ni que fueras nube, sol o estrella, sácame de aquí y déjate de tantas barbaridades. Lula se quedo pasmada. Y así se hubiera quedado tres mil años si la Lula del río no le alcanza con sus dedos de agua el dorso de las manos y le dice: ¡sácame! ¡sácame!, desesperada.
Entonces Lula hundió las manos en el río tratando de alcanzar las de la Lula reflejada. Y la Lula gritando ¡sácame! ¡sácame!, que parecía a punto de desaparecer a causa del chapoteo producido en aquel remanso del río, saltó violentamente fuera de su prisión de agua. Escurriendo agotada, la miraba a los ojos sin poder hablar, completamente exhausta. Lula estaba fascinada, no se podía mover, le pasaba como en uno de esos sueños o mitad sueños donde te encuentras inmóvil y rígido como una tabla, no te puedes mover, no te puedes despertar, pero tampoco puedes cambiar nada ni hacer algo para salir de todo eso.
Por fin, la Lula de Agua dijo: auch, ya me estaba ahogando. Y luego siguió allí escurriendo y reponiéndose del tremendo esfuerzo que había hecho.
Cuando se recuperó, comenzó a hablar impidiendo que Lula, nuestra Lula, dijera nada. Primero reclamo a Lula por haberse tardado tanto en ayudarla a salir, y luego dijo estar aburrida de tantas insensateces, así dijo ella, que Lula platicaba con su reflejo en el río -que sorpréndete Lula, no se trataba de un simple reflejo. No. Y si por fin pudo salir, fue porque hasta ese día (tan espléndido y salvajemente perfecto; eso, definitivamente, influyo con mucho) Lula había dicho demasiados sinsentidos y ya no podía soportar más, así que se decidió a salir para no seguir escuchándola y para darle una lección.
Cuando esto hubo dicho Lula se asusto, ¿que me vas a hacer?, interrumpió. Y la Lula de Agua, antes de darle un fuerte empujón, murmuro: a ver que sientes…
Lula cayo al río.
Primero se aterrorizo. Pero después de sacudirse en el agua, se dio cuenta de que ésta apenas le llegaba a las rodillas. Estaba en el remanso de donde la Lula de Agua había escapado.
Quiso salir pero la Lula de Agua se lo impidió diciendo: no, si todavía ni siquiera empiezo, ahora tu me vas a escuchar.
Como es seguro no lo sabes, la Lula de Agua dijo, yo te lo voy a explicar. Esta mañana amaneció el día mas largo de todo el ciclo solar. Así entonces, hoy temprano primero fui rocío, luego flor, mas tarde revente en un hongo; paso una mariposa y sobre ella eche a volar, al llegar al río pensé que era una buena idea dejarse ir con la corriente así que hundí la cabeza en el agua, llena de mil juguetonas ondinas; encontré un pececito-plata de ojos como burbuja y después de ver quien decía el hechizo mas arrebujado me dejo montarle encima para dar un paseo, veníamos río abajo planeando ser grillos hoy por la noche para cantarle a las estrellas y estar a tono con las fiestas estivales del bosque cuando te descubrimos hablando, no, cuando descubrimos a tu reflejo, desesperado, tratando de arrebatarte la palabra de la boca, aburridísimo con todas esas cosas tan rotundas que estabas diciendo, de manera que pensamos que si no le ayudábamos pronto te iba a coger del cabello para jalarte y ahogarte junto a el en el fondo del río. Así que mientras Cuco, el pececito sobre el que venia, comenzó a nadar lentamente en los ojos de tu reflejo para calmarlo, yo le convencí para salir del río y dejar las cosas en claro. Para impedir que siguieras hablando sin parar y para que nos dejaras a nosotros decir algo.

Lula recordó todo lo que en su casa se escuchaba alrededor del bosque. Nunca imagino que le alcanzara alguna vez una situación como las que había escuchado. Mas aun, creía que solo eran cuentos de hadas, fantásticas historias de viajeros y nada más.
Solo que tengo hambre, siguió la Lula de Agua, ayudándola a salir, ya me canse de pasear, además, dice tu reflejo que vayamos a otro lado, ¿quieres comer algo?, que se aburre mirándote únicamente, que quiere ver otras cosas, espera…
Mientras Lula se sacudía el agua pensando: con este calor me voy a secar rápido, la Lula de Agua se volvió hacia el río y comenzó a gritar: ¡ya salte Cuco, ya sabe que estas ahí!
Estaba llamando al pececito-plata.
Un estremecimiento helado recorrió el cuerpo de Lula. En medio de aquel estridente desfile de extrañas y fantásticas cosas pensó que un pescadito diminuto, chorreando agua y parándose sobre su colita, saldría fuera del río ¡Que salgas Cuco! Pero entonces comenzó en el río un tremendo chapoteo que le salpico todo y que no le dejo ver como aparecía aquel chiquillo, totalmente empapado y saltando inquieto como esos ¿pececitos fuera del agua?
Este es Cuco, dijo la Lula de Agua.
