Cuando era niño era un piojoso. Tenia piojos por montones. Eran piojos negros y diminutos. Me rascaba. Entre dos (dos personas) me agarraban y me echaban uno de esos “sprays” nauseabundos. A veces, puesto de cabeza (entre mas de dos), me echaban petróleo. Siempre les falto un cerillo. O me dejaban pelón. peLón pelÓn pelóN. Cabeza de melón. Pero los piojos nunca se iban. No desaparecían. Si me cortaban el cabello, cuando apenas crecía, los piojos crecían con él. Si me echaban “spray” de nada servía. Petróleo. Insisto que faltó un cerillo.
Cuando era niño era un jodido piojoso. Me acuerdo porque me está dando comezón.
Los gatos son gatos porque no quisieron ser otra cosa cuando en el taller del jefe tuvieron la oportunidad de elegir. Dijeron, seremos gatos, y luego se dejaron hacer. Pudieron, entre mil posibilidades, ser oso o estrella. Rocío o brisa. Quizás flor. O fruto. Gato, dijeron, y con sus ojos todavía proyecto, reafirmaron su decisión.
Nunca atravesaron por esa agobiante etapa de inseguridad con la que todos los demás animales tuvieron que batallar. En un principio ellos fueron gatos y no titubearon al reconocerse en un rostro ajeno. Gatos, por decisión propia, decidieron tomárselo con calma.
Puedes verlos pasear lánguidamente en la azotea del vecino, sentirlos cálidamente arrebujados entre tus piernas. Déjalos hacer. Susúrrales un bichito. Que gatos, al fin de cuentas, no pretenden ser otra cosa.
