El gato rompió los platos. Saltó sobre la mesa arruinando la reunión. Lo perseguimos hasta la azotea. Primero se refugio atrás de los tinacos rotoplas. Cuando empezamos a tirar escobazos salió disparado maullando estridentemente. Se metió en el nicho de las antenas. Llamamos a fito, pronto subió ladrando, correteando y dando vueltas, ¡atrápalo fito!, gritamos al unísono. Empezó la escandalera. Ya muchos vecinos habían subido y comenzaron a discutir la necesidad de tanto alboroto. Re-de-pente el gato salió disparado, fito corrió tras el. Había en la azotea unos botes de pintura que el del nueve utilizaba los fines de semana para pintar los lavaderos comunales del edificio, el gato, en su loca carrera, tropezó con ellos. Entonces fito, aprovechando el descuido, atrapo con pericia, entre su enorme mandíbula, el pescuezo felino. Fue solo durante un segundo, porque el gato, como esos peces de colores que saltan se retuercen resbalan y por fin logran escapar de la red, consiguió liberarse de tan cruel destino. Nadie puede explicar cómo fue posible semejante hazaña. Incluso fito quedo pasmado. Y ni siquiera él pudo ver hacia donde había escapado el pescado, digo, el gato. Si exceptuamos a los vecinos que habían subido a la azotea, atraídos por el jaleo de los animales, puede decirse que la azotea estaba desolada. Por ningún lado se veía al gato. Y fito no se recupera si no le gritamos: ¡búscalo fito, búscalo, búscalo! Entonces el del nueve, apareciendo por fin en la azotea, grito: ¡gilberto, bichito, bichito, gilberto! ¿dónde estas?, y como el gato no diera señales de vida cogió una cazuela de uno de los lavaderos y con una cuchara grande comenzó a golpear con fuerza paseando por la azotea y asomándose frente a los oscuros rincones gritando ¡bichito, bichito! Fito había abandonado la búsqueda y miraba con autentica fascinación los patéticos intentos que hacia el del nueve por llamar la atencion del felino perseguido. Todos pudimos ver como el gato salía de atrás de los tinacos rotoplas. Fito se preparaba para saltarle encima pero el del nueve lo impidió con una violenta patada que hizo huir al fito en medio de terribles aullidos. El del nueve trato de acercarse al gato, este ya no corría, al salir del rincón lo hizo lentamente, como recelando de los bichitos lastimeros que el del nueve profería. Y cuando el vecino le extendió los brazos, el gato maulló amenazadoramente erizando su pelambre negra en un gesto de advertencia. El vecino salto instintivamente hacia atrás, ya no decía bichito bichito y, puesto que todos nosotros conteníamos la respiración para no perdernos lo que sucedería a continuación, los maullidos del gato y sus violentas rabietas de pequeña bestia agraviada se escuchaban por sobre el trémulo silencio que a todos rodeaba. Era un gran espectáculo: parecía que el gato, avanzando lentamente hacia el del nueve, se le echaría encima para hacerle pagar el daño (y el susto) recibido. Retrocediendo cada vez más, convencido de un inminente ataque felino, el vecino tropezó con los botes de pintura, quedando indefenso en medio de un charco celeste que lentamente crecía. Y entonces, el gato saltó sobre el y nos arranco un grito de susto. El del nueve cubrió su rostro aterrado y todos vimos estáticos como en pleno vuelo, con sus pequeñas garras y sus diminutos dientes en sus fauces trabadas, el gato (era un salto sobre el abismo) caía sobre el charco celeste ¡Esta muerto! gritamos todos mientras el del nueve sufría un ataque de miedo y gritaba sin control ¡no bichito, no bichito! Abajo, en uno de los departamentos, el fito ladraba y aullaba adolorido mientras nosotros repetiamos: “el gato esta muerto”.