La he odiado todo este tiempo.
Es nefasto que actualmente cuando veo a cualquier persona arrancando una hoja de cuaderno inmediatamente salto como loco desatado a arrancar las rebabas de papel que le cuelgan. Creo que no me importaría que quien arrancara la hoja fuera mi propio padre: “no sea un chingao malhecho”, diría, y le enseñaría como dejar una hoja impecable, sin papelitos que cuelguen ni nada de eso.
Pinche maestra Minero de mierda, la cabrona al final me hizo bueno.
Es un tornillo el que tengo en el omóplato. Recuerdo que cuando salí de la sala de operaciones y desperté el pinche hueso me dolía que te cagas y era un dolor interno intenso e inaguantable (agh). Me dolía y yo nada más decía (gritaba) “me duele, me duele”. Entonces que llega una bruja gorda fea y vieja con tamaña jeringota amarilla y que la inserta en el tubito del suero que tenia conectado en el brazo. Algo tenia la jeringota porque fue cuestión de que la hermosa enfermera soltara la orina en el tubito para que un calor incomprensible subiera desde los pies hasta el pecho: la espalda donde me dolía que te mueres. El calor llegó y se llevó el puto dolor en menos de medio segundo. Naaaah. En muchísimo menos. No tengo poderes cronométricos (aún) (jijeje) pero neta que fue como llegar y decir “al diablo maldita sea” y llevarse de inmediato el dolor.
Esa era una superdroga.
Quiero más.