Ahora no hay opciones. Toca ponerse en movimiento y tirar hacia adelante. Me gusta cuando es de noche y es fin de semana. Voy a comprar unos zapatos nuevos. Antes venias y platicabas conmigo. Me iré a Tijuana. Yo nada mas quiero beber cerveza y darte abrazos. Te voy a comprar unos zapatos. Prescistias Pebiceé. Aunque parezca que es cuestión de que amanezca para salir a buscar trabajo y encontrarlo y esforzarse y habituarse y entretenerse con el ritmo cotidiano yo te digo que no hay opciones. Pero eso no quiere decir nada. Tengo cartas bajo el brazo, trucos desconocidos, mi trasero y mis zapatos, marca mi número e invitame a comer. Cuando acabe el mes estaré lejos de aquí, no volveremos a vernos porque iré al callejón de Tijuana a ganar dinero.
Cruza la calle
Acercate
Tengo mis vestidos festivos,
colorete en los labios,
mi sonrisa de amiga
Baila conmigo
Algunas veces sueño que voy volando por los aires; este tema ya es necedad, digamos, en este blog donde l@s asidu@s se estremecen con hastío en cuanto me animo a mencionarlo. Pero me lo permitiré por unos segundos para avisar que este fin de semana y a propósito de mi cumpleaños numero 27 ^__^ me voy a tirar en paracaídas. El viernes me voy a Cuernavaca, Morelos. El sábado 19 de enero, al mediodía, estaré volando por los aires, literalmente. Juro que no cerraré los ojos.
Y si me desintegro, mejor.
La Idea era encontrar el momento justo para escaparme de ellos y largarme a la calle principal, allá, donde estaban las cantinas y el aquelarre. Ahí parado, bajo el frío sol de diciembre, mirando la plaza de toros en construcción, desesperado con mi paciencia exhibicionista, ajeno a los demás, que trataban de saber en dónde se encontraban, buscando El Mapa dentro de la pequeña tienda, donde había refrescos y comida, y donde había dos viejos amables que vendían el mundo a precios prohibitivos, jure que antes de regresar al mundo de todos los días me escaparía por fin para buscar a esa hija de puta y para ver con mis propios ojos como era todo aquello que tanto me habían platicado. Estaba feliz e impaciente porque todo era demasiado extraño y diferente y, sobre todo, porque por fin estaba al alcance de mi mano: el sol de fin de año iluminando los alrededores de aquella manera extraña que tanto me intrigaba, que instalaba en mí una confianza aterradora y me volvía audaz y desenfadado (había pasado semanas enteras sin tocar la droga), me encontraba energético y triunfador en aquella ciudad fronteriza planeando venganzas y frotándome las manos, expectante y malicioso, como hambriento gato salvaje que se oculta entre las arbustos mientras en la pradera miles de pequeños cervatillos inocentes se reúnen descuidados a celebrar el bendito mediodía de aquel paraíso de mentira.